Cada día te despiertas y miras por la ventana al cielo nublado, que parece decirte “hoy tampoco lo harás”. Rabia. Ira. Frustración. Dolor. Impotencia. ¿Bondad?
Te vistes a toda prisa, sin casi mirarte al espejo, te lavas los dientes y corres a coger el mismo tren de cada día. Bajando las escaleras del metro, se aceleran tus latidos. Sabes que ella estará ahí, en ese mismo tren, mismo vagón, misma sonrisa. Esperas en el andén, impaciente, hasta oír el ruido del tren que se aproxima por tu derecha. El calor asfixiante se mezcla con tu calor interior, te quitas la chaqueta y la sujetas con la mano izquierda. El tren se detiene, se abren las puertas. Entras al vagón, sin mirar a ningún lugar en particular. Se cierran las puertas, y es el momento. La buscas con la mirada, desesperado, necesitas ver esa sonrisa. Esa mujer que parece ver un cielo despejado cada mañana en su ventana. Y allí está, a un metro de ti, y te sonríe, como cada día. Su mirada te llega hasta el fondo del alma, parece saber lo que sientes y lo que piensas a cada momento. Ojos de un color impreciso. Sonrisa sincera. Y las paradas van pasando, sin atreverte a acercarte a ella. Su mirada te invita, pero no lo harás. No te atreves.
Una vez más, sientes la impotencia de tu situación. Crees hacer lo correcto al no acercarte a ella, y piensas “tal vez mañana”, “tal vez la próxima semana”, “tal vez otro año”, “tal vez en otras circunstancias”. Nunca te paraste a pensar que no habría otras circunstancias, que no habría un mañana.
Sales del tren, y te giras a mirarla antes de que se cierren las puertas. Te sonríe, pero esta vez con tristeza. Un día más, rechazaste su invitación a acercarte.
Caminas hacia el trabajo, e intentas llenar tu mente con asuntos cotidianos, alejándola de ti. ¿Y si me acero a ella, qué pasará? ¿Qué ganaré? ¿Qué perderé? ¿Sería posible acaso tener algo más que una sincera sonrisa de ella? ¿Tal vez un simple beso? Pero no una relación seria, no responsabilidades, no futuro. Y eso es lo que tú quieres, porque eres un hombre serio, responsable, y ocupado. Un hombre que necesita tener las cosas claras, un mundo organizado. Ella sólo puede traer inestabilidad a tu vida. Sin embargo, toda la estabilidad que conseguiste con tus años de hombre de negocios de éxito no te dio tanta satisfacción como poder ver cada día su sonrisa en el metro. Pero no, necesitas más que sensaciones para lanzarte a por algo. El mundo así lo establece, nuestras prioridades así lo establecen, las responsabilidades así lo exigen.
Un día más, suena el despertador y miras por la ventana al cielo nublado, que de nuevo parece decirte “hoy tampoco lo harás”. Llegas al andén, a la misma hora de siempre, para coger el mismo tren de siempre, esperando las sensaciones de su dulce sonrisa y su tierna mirada. Llega el tren, subes y esperas a que se cierren las puertas para buscarla con la mirada. Allí está, en el mismo sitio de siempre, a un metro de ti… Leyendo un libro. Después de tantos días, hoy no te mira. No te sonríe. Está seria, aunque sigue ahí. Y te preguntas qué habría pasado de haber aceptado su invitación, pero ya no la tienes. Por muchas veces que pase ese mismo tren, ya nunca volverás a recibir la invitación de sus ojos. Y se fueron las sensaciones. Te queda la seguridad de la vida que elegiste, la vida correcta y de éxito que quisiste tener. Sin riesgos. Sin sobresaltos. Sin emociones.
Hay trenes que pasan una vez en la vida, y trenes que pasan muchas. Pero todos, tarde o temprano, cierran sus puertas a los viajeros.
Carpe Diem.
Wendy Moira Ángela Darling.