4.5.08

Un rincón

Un rincón. Un pequeño rincón donde ser tú mismo. Un lugar donde llorar, gritar, desahogarte. Sin nadie que te juzgue. Sin que nadie te compadezca. Sin nadie que intente animarte en vano. Donde esté permitido estar triste. A veces es necesario. Donde ahogarse en paz. Sólo eso. Un rincón. Donde nadie se crea con derecho a opinar. Nadie te conoce, y todos se creen con derecho a lavar su conciencia con tus lágrimas. “No te preocupes, todo se arreglará”. No hay nada que arreglar. Sólo quieres llorar. No es obligado sonreír.

Un rincón. Un pequeño rincón donde esconder tu soledad.




Tienes derecho a que te dejen respirar.

Wendy Moira Angela Darling.

Carpe Diem

Cada día te despiertas y miras por la ventana al cielo nublado, que parece decirte “hoy tampoco lo harás”. Rabia. Ira. Frustración. Dolor. Impotencia. ¿Bondad?

Te vistes a toda prisa, sin casi mirarte al espejo, te lavas los dientes y corres a coger el mismo tren de cada día. Bajando las escaleras del metro, se aceleran tus latidos. Sabes que ella estará ahí, en ese mismo tren, mismo vagón, misma sonrisa. Esperas en el andén, impaciente, hasta oír el ruido del tren que se aproxima por tu derecha. El calor asfixiante se mezcla con tu calor interior, te quitas la chaqueta y la sujetas con la mano izquierda. El tren se detiene, se abren las puertas. Entras al vagón, sin mirar a ningún lugar en particular. Se cierran las puertas, y es el momento. La buscas con la mirada, desesperado, necesitas ver esa sonrisa. Esa mujer que parece ver un cielo despejado cada mañana en su ventana. Y allí está, a un metro de ti, y te sonríe, como cada día. Su mirada te llega hasta el fondo del alma, parece saber lo que sientes y lo que piensas a cada momento. Ojos de un color impreciso. Sonrisa sincera. Y las paradas van pasando, sin atreverte a acercarte a ella. Su mirada te invita, pero no lo harás. No te atreves.

Una vez más, sientes la impotencia de tu situación. Crees hacer lo correcto al no acercarte a ella, y piensas “tal vez mañana”, “tal vez la próxima semana”, “tal vez otro año”, “tal vez en otras circunstancias”. Nunca te paraste a pensar que no habría otras circunstancias, que no habría un mañana.

Sales del tren, y te giras a mirarla antes de que se cierren las puertas. Te sonríe, pero esta vez con tristeza. Un día más, rechazaste su invitación a acercarte.

Caminas hacia el trabajo, e intentas llenar tu mente con asuntos cotidianos, alejándola de ti. ¿Y si me acero a ella, qué pasará? ¿Qué ganaré? ¿Qué perderé? ¿Sería posible acaso tener algo más que una sincera sonrisa de ella? ¿Tal vez un simple beso? Pero no una relación seria, no responsabilidades, no futuro. Y eso es lo que tú quieres, porque eres un hombre serio, responsable, y ocupado. Un hombre que necesita tener las cosas claras, un mundo organizado. Ella sólo puede traer inestabilidad a tu vida. Sin embargo, toda la estabilidad que conseguiste con tus años de hombre de negocios de éxito no te dio tanta satisfacción como poder ver cada día su sonrisa en el metro. Pero no, necesitas más que sensaciones para lanzarte a por algo. El mundo así lo establece, nuestras prioridades así lo establecen, las responsabilidades así lo exigen.

Un día más, suena el despertador y miras por la ventana al cielo nublado, que de nuevo parece decirte “hoy tampoco lo harás”. Llegas al andén, a la misma hora de siempre, para coger el mismo tren de siempre, esperando las sensaciones de su dulce sonrisa y su tierna mirada. Llega el tren, subes y esperas a que se cierren las puertas para buscarla con la mirada. Allí está, en el mismo sitio de siempre, a un metro de ti… Leyendo un libro. Después de tantos días, hoy no te mira. No te sonríe. Está seria, aunque sigue ahí. Y te preguntas qué habría pasado de haber aceptado su invitación, pero ya no la tienes. Por muchas veces que pase ese mismo tren, ya nunca volverás a recibir la invitación de sus ojos. Y se fueron las sensaciones. Te queda la seguridad de la vida que elegiste, la vida correcta y de éxito que quisiste tener. Sin riesgos. Sin sobresaltos. Sin emociones.

Hay trenes que pasan una vez en la vida, y trenes que pasan muchas. Pero todos, tarde o temprano, cierran sus puertas a los viajeros.






Carpe Diem.

Wendy Moira Ángela Darling.

23.4.08

Baile de máscaras

Bailaban casi sin rozarse al compás de una música que nadie compuso para ellos. En el salón de baile, varias parejas charlaban y reían. Algunas damas sonreían tímidamente, mientras los caballeros las miraban tal vez más de la cuenta. Ninguna mano bajaba de la cintura. Ninguna mirada se mantenía más del tiempo máximo establecido. Ellos dos bailaban, y a simple vista parecían como cualquier otra pareja. Pero no charlaban, y no reían. Una sonrisa cortés y esperemos que cese pronto el piano. La pieza continúa sonando, ellos no equivocan ni un paso. La noche llegó hace tiempo, y las velas iluminan suavemente la estancia dándole a todo un toque dorado. Bailan con la elegancia propia de su clase, con la serenidad propia de los años, con la apatía de quien considera ese baile un ritual absurdo. Bailan, sus cuellos bien estirados y el vestido de la dama ondeando alrededor del caballero. Sin rozarle, nada está fuera de su lugar. Ni siquiera un solo pelo de su larga cabellera. Todo ha de ser perfecto. El piano finalmente cesa. Una breve mirada, una sonrisa cortés y una elegante reverencia. “Un placer bailar con vos”. “Lo mismo os digo”. “Si me disculpáis, he de atender otros asuntos”. “Por supuesto, señora”. Y cada uno se gira hacia un lado de la sala, y desaparecen entre parejas que se deleitan con la siguiente pieza interpretada al piano.


El baile dura hasta bien entrada la noche, y todos se retiran a sus habitaciones, o se marchan a su casas.


… Y en una habitación.
- Buenas noches, señora.
- Buenas noches.
- ¿Qué os trae por aquí?
- El amor.
- Ya me parecía.
- Habéis bailado muy bien esta noche.
- Con vos es imposible bailar mal. Poseéis un talento innato. De cualquier modo, bien sabéis que sólo interpretaba mi papel de buen amigo.
- Lo sé.
- ¿Dónde está vuestro marido?
- Partió hace unas horas, debía atender asuntos en la ciudad.
- ¿Y os dejó sola?
- A vuestro cuidado.
- No puedo decepcionarle, pues.
- Eso me temo, habréis de cuidarme bien. Confío en no ser una molestia.
- En absoluto, señora.
Él la arropaba con sus caricias. Ella le arropaba con sus besos. Y, por unas horas, son libres. No han de interpretar papeles de inocencia, elegancia e indiferencia. Aquí no importan las maneras. Solos, en la habitación, amándose en la cama con la luna por testigo de una pasión que a todas horas han de refrenar. Pero no ahora, no en ese momento. El sol es su juez, pero mientras dure la noche, sólo importan ella y él. Y juegan como niños a quererse entre gemidos hasta el amanecer.






Porque ser libre es poder elegir.
Wendy Moira Angela Darling.

20.4.08

A la deriva


Como un barco a la deriva, así es la vida. Te pasas muchos años creyéndote el capitán, creyendo que todo está bajo tu mando. Y de pronto un día descubres que ni siquiera sabes dónde está el timón. Vives, a veces navegando por un océano en calma, a veces explorando los mares más embravecidos. Pero vives. Sueñas que tus problemas no son más que polizones, que tú tienes el control. En tus sueños, vuelves a ser el capitán del navío. Despiertas, sólo para descubrir que está lloviendo otra vez. Así es la vida. Renuncias a controlarlo todo, ni siquiera a ti mismo. Es, a fin de cuentas, inútil. Comprendes lentamente que la paz sólo está en tu interior, y que es ahí donde debes buscarla. Un mar, fronteras marcadas por los hombres que sólo sirven para darles nombre. Otro mar, ¿quién decidió que este había de llamarse así? El oleaje zarandea tu barco, tu vida. A veces te mareas, y sientes que no soportarás más tantas olas. Luego hay un tiempo de calma, y te descubres contemplando el atardecer en el horizonte. Reflexionas, día a tras día preguntándote a dónde ir con una brújula rota y un barco sin tripulación. Pasas por muchos puertos, conoces a muchas personas. Algunas suben a tu barco, y comparten contigo calmas y tempestades. Otras se marchan a la primera señal de tormenta en un bote salvavidas. Algunas se quedan para siempre, a otras se las lleva la muerte. Algunas son especiales, otras desearías que no hubieran subido a bordo jamás. A veces crees que te pierdes, que no sabes dónde vas, que ni siquiera sabes cómo se llama este mar. Ya no hay tiempo, no hay marcha atrás. Te encuentras navegando por a saber qué lugar. Tiempo… ¿Qué importa el tiempo? Nadie sabe cuál es el puerto final. Un día, alguien que ni siquiera sabías que estaba en tu barco, te hace un regalo: La eternidad. Y tú sonríes pensando: Soy de nuevo el capitán. Pero no, te equivocas una vez más. Sólo estás imaginando, soñando y queriendo creer que controlas lo que te rodea. Tu única certeza es seguir con vida… Mientras tanto, tu barco sigue a la deriva.




A ship in Neverland.

Wendy Moira Angela Darling.




Caminó

Las olas del mar acariciaban sus pies mientras caminaba por la orilla de su playa preferida. El frío de la noche, poco a poco, se disipaba para dejar paso al calor de un nuevo día. Sentía erizarse el vello de su cuerpo, reaccionando a la calidez de la luz que lentamente se derramaba sobre el horizonte. La luz de un nuevo amanecer. Los rayos de un sol que demostraba la inquebrantable idea de infinitud, le recordaron su propia idea de finitud. Su vida llegaba a su fin, tan deprisa como ese nuevo día daba comienzo. En ese instante, muchos bebés nacían. Muchas personas morían. Todo acaba, todo empieza. Sus blancos cabellos agitados por la brisa eran la prueba palpable de que era alguien que cargaba con un pasado a sus espaldas. Sabía que moría, su propio mundo se apagaba mientras la luz del sol nuevamente encendía las vidas de aquellos que no notarían su ausencia. Sólo un día más… Pero era su último día. Su último amanecer. Y le dedicó al mar una última sonrisa de gratitud por los momentos de paz compartidos. Dejó que sus pies jugueteasen con las olas, y con la tierra mojada que pisaba, dejando en el suelo sus últimas huellas. Lágrimas de felicidad recorrían su rostro, pensando en todos aquellos a los que había amado. Había sido feliz. Algunos se fueron, otros se quedarían atrás para añorarle y recordarle. Para darle esa suerte de vida que queda tras la muerte, la existencia que nos permiten los recuerdos de aquellos que nos quisieron. Caminó, con fuerzas sacadas de sus recuerdos de juventud, derrochando los instantes de vida que le quedaban. Gritándole al viento su libertad, sin dejar de sonreír. Un grito silencioso de eterna juventud. Esa que siempre llevó en su interior.

Caminó, ya el sol casi se veía completo. Caminó, el mar le acunaba en su murmullo incesante de tranquilidad. Caminó, con la elegancia de un guerrero que libra su última batalla. Caminó, sin miedo, se dirigía a su final. Estaba preparado. Había vivido bajo el sol, sin nada que ocultar en las sombras. Y ahora moría junto al sol, compartiendo su calor. Y su último aliento se mezcló con la brisa, llevándolo a los corazones de aquellos que se quedarían. Murió… Pero cuando lo hizo, sonreía.


Wendy Moira Ángela Darling.