31.3.08

Bajo las estrellas

Estaban abrazados, tumbados sobre una toalla y cubiertos por un manto de estrellas. La mortecina luz de la luna era la única que iluminaba sus cuerpos casi desnudos. Tumbados el uno junto al otro, se besaban nerviosos, entregados a un extraño amor precipitado que había surgido en poco tiempo. Ambos pensando que el mundo estaba, al fin, completo. El frío y la humedad de la noche fueron la excusa perfecta para acercar cada vez más sus cuerpos, buscando el calor del otro. Poco a poco fueron superando su timidez inicial, y se arriesgaban a explorar la piel de quien compartía la aventura de amar. Ella se estremecía ante las caricias de él, deseando que no retirase jamás esos dedos de fuego de su gélida piel. Él pensaba que tal vez se estuviesen precipitando, pero la deseaba tanto… La poca ropa que quedaba pronto estuvo esparcida sobre la hierba empapada de rocío, y la brisa fresca de la noche pronto fue un alivio más que una molestia. Sus cuerpos ardían. Parecía inevitable llegar hasta el final. Él se detuvo, acariciando suavemente las curvas la mujer que tenía entre sus brazos, y le preguntó “¿Estás segura?”. Ella respondió con una sonrisa que daba a entender que no se arrepentiría de nada. Entonces él, por fin liberado de la preocupación de que ella se fuese a sentir mal, dejó de lado su propia inquietud y se limitó a darle a ella cuanto su cuerpo exigía. Estar en su interior fue para él como comprender por fin lo que era sentirse un hombre, al ver en sus ojos el deseo, la pasión, al escuchar la respiración acelerada de aquella que, entre sus brazos, se sentía mujer. Se amaron con delicadeza, con ternura, pero también con pasión y con la furia de quien satisface una necesidad largo tiempo reprimida. Las estrellas apartaron la mirada para dar intimidad a dos amantes que, en mitad de la noche, habían descubierto la libertad al perder la razón. El lado más salvaje del hombre, es lo que más hombre le hace sentir. Quedaron rendidos, el uno en brazos del otro, contemplando el universo infinito dentro de cual ellos dos no eran nada… Sólo dos personas más, pero eso no importaba. No necesitaban ser más que eso, con tenerse el uno al otro bastaba. El firmamento, aquella noche, fue el cómplice de un secreto de amor que ambos guardaron para siempre.

Passion in Neverland.

Wendy Moira Angela Darling.

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