Querida Ira:
Sé que no es muy frecuente escribirle una carta a un pecado capital, pero necesitaba comunicarme contigo, porque creo que no te he tratado como mereces. Tantas y tantas veces te oculté, que casi creo que ya no te siento. Y a veces, cuando empiezas a surgir, me das tanto miedo que te reprimo de nuevo. Es por eso que te escribo esta carta, para pedirte perdón.
Tú eres quien me ha hecho, en los momentos más difíciles, poder ser más fuerte de lo que yo jamás pensé. Tú me has dado el valor para enfrentarme a todo aquello que me superaba, para luchar por aquello que creí justo. Y fíjate, qué poco te lo agradezco, que ni siquiera reconocí hasta hoy tu presencia en mis palabras. Pero siempre te consideré un sentimiento tan malo… Perdóname, por favor. Ahora sé que eres necesaria.
Cada vez que vienes a mí, siento ese dolor tan profundo que me oprime el pecho y no me deja casi respirar. Ese dolor que es tan característico de mí. Ese dolor que casi no puedo soportar a veces, y creo que moriré si no consigo detenerlo. Ese dolor que empieza a acudir a mí, como atraído por un imán, en este momento de tensión. Ahora, mientras te escribo esta carta. Aún es suave, y lo puedo soportar. Pero sé que crecerá si no consigo desahogarme. Ese es otro de los motivos por los que te escribo, necesito desahogarme. Y no sabía con quién hablar. Me pregunté quién ha estado conmigo en los peores momentos, en los más difíciles… Y comprendí que eras tú quien siempre vino a darme fuerzas. Nunca me has fallado. Gracias.
Tantas veces he creído que no quería volverte a ver, pero es sólo que no es fácil tratar contigo. Además, cada vez que estás a mi lado, mi fuerza es el dolor de quienes son objeto de mi enfado. Te lo debo a ti, lo sé. Esa extraña habilidad. Es don tan odioso que tengo. Esa misteriosa capacidad para conocer a la gente en poco tiempo… Especialmente, sus puntos débiles. Esa capacidad para hacerles daño con mis palabras, tanto que preferirían que les apuñalasen antes que seguir escuchándome hablar. Tú me has enseñado a hacer daño, a poder hacer llorar al hombre más fuerte, y hacer desear la muerte a cualquier otro. Sé que es a ti quien debo todo eso, un don que a veces no querría tener. Pero, a fin de cuentas, un don que me ha hecho seguir en pie, que me ha hecho no hundirme. De nuevo, gracias.
Gracias por ayudarme a seguir… Y discúlpame si a veces te dejo escondida en un rincón, sabes que en realidad te necesito.
Desde lo más hondo de mis enfados.
Wendy.
No hay comentarios:
Publicar un comentario