4.5.08

Un rincón

Un rincón. Un pequeño rincón donde ser tú mismo. Un lugar donde llorar, gritar, desahogarte. Sin nadie que te juzgue. Sin que nadie te compadezca. Sin nadie que intente animarte en vano. Donde esté permitido estar triste. A veces es necesario. Donde ahogarse en paz. Sólo eso. Un rincón. Donde nadie se crea con derecho a opinar. Nadie te conoce, y todos se creen con derecho a lavar su conciencia con tus lágrimas. “No te preocupes, todo se arreglará”. No hay nada que arreglar. Sólo quieres llorar. No es obligado sonreír.

Un rincón. Un pequeño rincón donde esconder tu soledad.




Tienes derecho a que te dejen respirar.

Wendy Moira Angela Darling.

Carpe Diem

Cada día te despiertas y miras por la ventana al cielo nublado, que parece decirte “hoy tampoco lo harás”. Rabia. Ira. Frustración. Dolor. Impotencia. ¿Bondad?

Te vistes a toda prisa, sin casi mirarte al espejo, te lavas los dientes y corres a coger el mismo tren de cada día. Bajando las escaleras del metro, se aceleran tus latidos. Sabes que ella estará ahí, en ese mismo tren, mismo vagón, misma sonrisa. Esperas en el andén, impaciente, hasta oír el ruido del tren que se aproxima por tu derecha. El calor asfixiante se mezcla con tu calor interior, te quitas la chaqueta y la sujetas con la mano izquierda. El tren se detiene, se abren las puertas. Entras al vagón, sin mirar a ningún lugar en particular. Se cierran las puertas, y es el momento. La buscas con la mirada, desesperado, necesitas ver esa sonrisa. Esa mujer que parece ver un cielo despejado cada mañana en su ventana. Y allí está, a un metro de ti, y te sonríe, como cada día. Su mirada te llega hasta el fondo del alma, parece saber lo que sientes y lo que piensas a cada momento. Ojos de un color impreciso. Sonrisa sincera. Y las paradas van pasando, sin atreverte a acercarte a ella. Su mirada te invita, pero no lo harás. No te atreves.

Una vez más, sientes la impotencia de tu situación. Crees hacer lo correcto al no acercarte a ella, y piensas “tal vez mañana”, “tal vez la próxima semana”, “tal vez otro año”, “tal vez en otras circunstancias”. Nunca te paraste a pensar que no habría otras circunstancias, que no habría un mañana.

Sales del tren, y te giras a mirarla antes de que se cierren las puertas. Te sonríe, pero esta vez con tristeza. Un día más, rechazaste su invitación a acercarte.

Caminas hacia el trabajo, e intentas llenar tu mente con asuntos cotidianos, alejándola de ti. ¿Y si me acero a ella, qué pasará? ¿Qué ganaré? ¿Qué perderé? ¿Sería posible acaso tener algo más que una sincera sonrisa de ella? ¿Tal vez un simple beso? Pero no una relación seria, no responsabilidades, no futuro. Y eso es lo que tú quieres, porque eres un hombre serio, responsable, y ocupado. Un hombre que necesita tener las cosas claras, un mundo organizado. Ella sólo puede traer inestabilidad a tu vida. Sin embargo, toda la estabilidad que conseguiste con tus años de hombre de negocios de éxito no te dio tanta satisfacción como poder ver cada día su sonrisa en el metro. Pero no, necesitas más que sensaciones para lanzarte a por algo. El mundo así lo establece, nuestras prioridades así lo establecen, las responsabilidades así lo exigen.

Un día más, suena el despertador y miras por la ventana al cielo nublado, que de nuevo parece decirte “hoy tampoco lo harás”. Llegas al andén, a la misma hora de siempre, para coger el mismo tren de siempre, esperando las sensaciones de su dulce sonrisa y su tierna mirada. Llega el tren, subes y esperas a que se cierren las puertas para buscarla con la mirada. Allí está, en el mismo sitio de siempre, a un metro de ti… Leyendo un libro. Después de tantos días, hoy no te mira. No te sonríe. Está seria, aunque sigue ahí. Y te preguntas qué habría pasado de haber aceptado su invitación, pero ya no la tienes. Por muchas veces que pase ese mismo tren, ya nunca volverás a recibir la invitación de sus ojos. Y se fueron las sensaciones. Te queda la seguridad de la vida que elegiste, la vida correcta y de éxito que quisiste tener. Sin riesgos. Sin sobresaltos. Sin emociones.

Hay trenes que pasan una vez en la vida, y trenes que pasan muchas. Pero todos, tarde o temprano, cierran sus puertas a los viajeros.






Carpe Diem.

Wendy Moira Ángela Darling.

23.4.08

Baile de máscaras

Bailaban casi sin rozarse al compás de una música que nadie compuso para ellos. En el salón de baile, varias parejas charlaban y reían. Algunas damas sonreían tímidamente, mientras los caballeros las miraban tal vez más de la cuenta. Ninguna mano bajaba de la cintura. Ninguna mirada se mantenía más del tiempo máximo establecido. Ellos dos bailaban, y a simple vista parecían como cualquier otra pareja. Pero no charlaban, y no reían. Una sonrisa cortés y esperemos que cese pronto el piano. La pieza continúa sonando, ellos no equivocan ni un paso. La noche llegó hace tiempo, y las velas iluminan suavemente la estancia dándole a todo un toque dorado. Bailan con la elegancia propia de su clase, con la serenidad propia de los años, con la apatía de quien considera ese baile un ritual absurdo. Bailan, sus cuellos bien estirados y el vestido de la dama ondeando alrededor del caballero. Sin rozarle, nada está fuera de su lugar. Ni siquiera un solo pelo de su larga cabellera. Todo ha de ser perfecto. El piano finalmente cesa. Una breve mirada, una sonrisa cortés y una elegante reverencia. “Un placer bailar con vos”. “Lo mismo os digo”. “Si me disculpáis, he de atender otros asuntos”. “Por supuesto, señora”. Y cada uno se gira hacia un lado de la sala, y desaparecen entre parejas que se deleitan con la siguiente pieza interpretada al piano.


El baile dura hasta bien entrada la noche, y todos se retiran a sus habitaciones, o se marchan a su casas.


… Y en una habitación.
- Buenas noches, señora.
- Buenas noches.
- ¿Qué os trae por aquí?
- El amor.
- Ya me parecía.
- Habéis bailado muy bien esta noche.
- Con vos es imposible bailar mal. Poseéis un talento innato. De cualquier modo, bien sabéis que sólo interpretaba mi papel de buen amigo.
- Lo sé.
- ¿Dónde está vuestro marido?
- Partió hace unas horas, debía atender asuntos en la ciudad.
- ¿Y os dejó sola?
- A vuestro cuidado.
- No puedo decepcionarle, pues.
- Eso me temo, habréis de cuidarme bien. Confío en no ser una molestia.
- En absoluto, señora.
Él la arropaba con sus caricias. Ella le arropaba con sus besos. Y, por unas horas, son libres. No han de interpretar papeles de inocencia, elegancia e indiferencia. Aquí no importan las maneras. Solos, en la habitación, amándose en la cama con la luna por testigo de una pasión que a todas horas han de refrenar. Pero no ahora, no en ese momento. El sol es su juez, pero mientras dure la noche, sólo importan ella y él. Y juegan como niños a quererse entre gemidos hasta el amanecer.






Porque ser libre es poder elegir.
Wendy Moira Angela Darling.

20.4.08

A la deriva


Como un barco a la deriva, así es la vida. Te pasas muchos años creyéndote el capitán, creyendo que todo está bajo tu mando. Y de pronto un día descubres que ni siquiera sabes dónde está el timón. Vives, a veces navegando por un océano en calma, a veces explorando los mares más embravecidos. Pero vives. Sueñas que tus problemas no son más que polizones, que tú tienes el control. En tus sueños, vuelves a ser el capitán del navío. Despiertas, sólo para descubrir que está lloviendo otra vez. Así es la vida. Renuncias a controlarlo todo, ni siquiera a ti mismo. Es, a fin de cuentas, inútil. Comprendes lentamente que la paz sólo está en tu interior, y que es ahí donde debes buscarla. Un mar, fronteras marcadas por los hombres que sólo sirven para darles nombre. Otro mar, ¿quién decidió que este había de llamarse así? El oleaje zarandea tu barco, tu vida. A veces te mareas, y sientes que no soportarás más tantas olas. Luego hay un tiempo de calma, y te descubres contemplando el atardecer en el horizonte. Reflexionas, día a tras día preguntándote a dónde ir con una brújula rota y un barco sin tripulación. Pasas por muchos puertos, conoces a muchas personas. Algunas suben a tu barco, y comparten contigo calmas y tempestades. Otras se marchan a la primera señal de tormenta en un bote salvavidas. Algunas se quedan para siempre, a otras se las lleva la muerte. Algunas son especiales, otras desearías que no hubieran subido a bordo jamás. A veces crees que te pierdes, que no sabes dónde vas, que ni siquiera sabes cómo se llama este mar. Ya no hay tiempo, no hay marcha atrás. Te encuentras navegando por a saber qué lugar. Tiempo… ¿Qué importa el tiempo? Nadie sabe cuál es el puerto final. Un día, alguien que ni siquiera sabías que estaba en tu barco, te hace un regalo: La eternidad. Y tú sonríes pensando: Soy de nuevo el capitán. Pero no, te equivocas una vez más. Sólo estás imaginando, soñando y queriendo creer que controlas lo que te rodea. Tu única certeza es seguir con vida… Mientras tanto, tu barco sigue a la deriva.




A ship in Neverland.

Wendy Moira Angela Darling.




Caminó

Las olas del mar acariciaban sus pies mientras caminaba por la orilla de su playa preferida. El frío de la noche, poco a poco, se disipaba para dejar paso al calor de un nuevo día. Sentía erizarse el vello de su cuerpo, reaccionando a la calidez de la luz que lentamente se derramaba sobre el horizonte. La luz de un nuevo amanecer. Los rayos de un sol que demostraba la inquebrantable idea de infinitud, le recordaron su propia idea de finitud. Su vida llegaba a su fin, tan deprisa como ese nuevo día daba comienzo. En ese instante, muchos bebés nacían. Muchas personas morían. Todo acaba, todo empieza. Sus blancos cabellos agitados por la brisa eran la prueba palpable de que era alguien que cargaba con un pasado a sus espaldas. Sabía que moría, su propio mundo se apagaba mientras la luz del sol nuevamente encendía las vidas de aquellos que no notarían su ausencia. Sólo un día más… Pero era su último día. Su último amanecer. Y le dedicó al mar una última sonrisa de gratitud por los momentos de paz compartidos. Dejó que sus pies jugueteasen con las olas, y con la tierra mojada que pisaba, dejando en el suelo sus últimas huellas. Lágrimas de felicidad recorrían su rostro, pensando en todos aquellos a los que había amado. Había sido feliz. Algunos se fueron, otros se quedarían atrás para añorarle y recordarle. Para darle esa suerte de vida que queda tras la muerte, la existencia que nos permiten los recuerdos de aquellos que nos quisieron. Caminó, con fuerzas sacadas de sus recuerdos de juventud, derrochando los instantes de vida que le quedaban. Gritándole al viento su libertad, sin dejar de sonreír. Un grito silencioso de eterna juventud. Esa que siempre llevó en su interior.

Caminó, ya el sol casi se veía completo. Caminó, el mar le acunaba en su murmullo incesante de tranquilidad. Caminó, con la elegancia de un guerrero que libra su última batalla. Caminó, sin miedo, se dirigía a su final. Estaba preparado. Había vivido bajo el sol, sin nada que ocultar en las sombras. Y ahora moría junto al sol, compartiendo su calor. Y su último aliento se mezcló con la brisa, llevándolo a los corazones de aquellos que se quedarían. Murió… Pero cuando lo hizo, sonreía.


Wendy Moira Ángela Darling.

Batalla

El peso de sus decepciones cerraba los párpados de sus esperanzas, sumiéndolas en un profundo sueño carente de brillo. Incapaz de sentir algo más que el cansancio de la lucha de titanes que libraba con su tristeza, se dejaba llevar por el fragor de la batalla sintiéndose el guerrero de las causas perdidas. Como armas su coraje y su rabia. Como escudo la coraza de piedra que puso en su corazón. Montado a lomos de su desesperación galopa por el prado de sus ilusiones perdidas, viendo pasar una vida que creyó vivida. Recuerdos de momentos de felicidad fingida, entre caras sonrientes que decían ser amigas. Se consume en su propio deseo de vencer aunque sea una batalla de la guerra que es la vida, sin comprender que al final de su camino la muerte le espera tranquila. Cada hoja caída de los árboles le recuerda a una sonrisa que no regaló, a un beso que no dio, una promesa que no hizo, un amor que no atendió, una lágrima que no derramó, un paso que temió dar, un momento que no supo disfrutar, un abrazo que no pudo recibir, una batalla que perdió antes de librarla. Galopa con furia, alimentando su montura con su angustia, en pos de una victoria imposible. Luchar, luchar, luchar. Por el derecho a vivir una vida que jamás disfrutó, una vida que pasó de largo… Sin decir adiós. Y al final del camino, la parca, su amiga. Toma de la mano al hombre, y éste se abraza a ella. Al fin a salvo, al fin seguro. No más guerras por la vida. Se acabó lo que tanto temía. El alma del guerrero al fin descansa tranquila.

War in Neverland.

Wendy Moira Angela Darling.

Adiós

El amargo sabor de la mentira que estaba a punto de decir hizo que se le revolviesen el estómago y la conciencia. “No te quiero”, dijo de golpe, dejando caer la frase como una piedra que impactó de lleno en su corazón. “No creo que debamos seguir juntos, ni siquiera que debamos volvernos a ver. Se acabó. Sé que serás fuerte y lo aceptarás. Sé que respetarás mi decisión”. Él la miró, con lágrimas en los ojos, sin atreverse a decir nada. Sin comprender lo que pasaba. Creyendo que soñaba. Deseando despertar. Deseando morir en ese preciso instante para no tener que hacer frente a lo que acababa de escuchar. Lentamente se giró, y se alejó del amor que fue toda su vida. La mujer que ahora le abandonaba sin mayor explicación. Se encerró en el oscuro abismo en que su tristeza le había hundido, y se quedó solo para lamerse las heridas. Ella le contempló alejarse, completamente abatido. Luchó por ser fuerte y mantener la compostura, no debía ceder. No debía ir tras él. Las lágrimas asomaban a sus ojos, pero no se permitió llorar. Vio cómo se alejaba, pero supo que hacía lo correcto. Él lo superaría, se volvería a enamorar algún día, y sería feliz… Ella, en pocos meses, moriría. Él no debía pasar por algo así. Empezó a alejarse ella también, dejando atrás una parte de su vida, antes de que su vida la dejase atrás a ella. Tal vez él, en algún momento, lograría perdonarle el daño que le hacía. Tal vez, aunque ella ya no estaría.


¿Existe una manera de perder a alguien que amas que sea mejor que otra? ¿O la pérdida es en cualquier caso igual de dolorosa?


Neverland is waiting for me.

Wendy Moira Angela Darling.

A mi musa

Tu sombra se coló por el hueco de mi ventana entreabierta, ese hueco que aún dejaba paso a un rayo de esperanza en el amanecer mis ilusiones. Tus palabras fueron, poco a poco, haciéndome abrir más y más esa ventana, hasta que no sólo tu sombra pasó, sino tú entera. Mi musa. Al principio no podía comprenderte, susurros incomprensibles tras silencios inquietantes. Todo era tan extraño… Pero después lo comprendí, pude ver que tú eras yo, y yo era tú. Éramos dos en uno, una fusión de inspiración y palabras que te hacen volar más allá del arcoiris. Somos nada. Somos todo.

Entre el sueño y vigilia puedo percibir tu presencia. Me miras en silencio desde esa ventana que abrí para ti. Para ti… Para mis sueños, para mis ilusiones, para mis deseos más profundos, para que salieran mis miedos, para que se fuese el dolor, para que vinieran a mí no sólo uno, sino todos los rayos del sol. Tus silencios dicen más que tus palabras. Tus palabras dicen más de lo que parece. Lo que parece nunca es real, y lo real no nos importa. Sólo importan los momentos en que estás a mi lado, ayudándome a crear mis sentimientos, a dar belleza a las palabras que revelen lo que hay en mi interior. Mi musa. El tiempo se detiene cuando estamos tú y yo. El tiempo, el lugar, si hay alguien más o no… Nada importa cuando a mi ventana asoma de nuevo la inspiración.

Llévame a volar, con las alas que me hiciste desplegar. Llévame a volar, y bailemos entre las estrellas al son de esa melodía que hace a las palabras seguir el ritmo de un corazón. Mi musa. Las estrellas brillarán para mí, mientras tú me entregues tu gracia con tus palabras… y con tus silencios.


Wendy Moira Angela Darling

19.4.08

Pajarillo

Se creía una mujer segura de sí misma, hasta ese día. El día en que se rompieron todos sus moldes, sus esquemas, y quedó al descubierto una emoción gemela. Se volvió a ilusionar, como una niña juguetona. Se sentía inquieta, como una enamorada nerviosa. Se fingía serena, como una joven anciana. Probando la vida, aprendiendo a respirar. Ella nunca pensó que se volvería a emocionar. Un beso, un susurro, especialmente una voz. Unas palabras hurtadas a la realidad, que transportan su alma hacia un mundo paralelo donde todo es posible, donde todo es verdad. No hay mentiras, no hay miedos, no hay rencores ni celos. Y vuela, se lanza, se atreve a soñar. ¿Qué importa si mañana ha de despertar? Sólo quiere vivirlo, disfrutarlo un poco más. Esa cosa que llaman felicidad.

Y entonces tuvo miedo, un miedo abismal. ¿Y si se asusta con tanta sinceridad? Ella vio su fuente de alegría como un pajarillo con miedo a volar. Pero tal vez se cansara de sus ánimos, su entusiasmo, su ilusión, su vitalidad. Sólo espera que el pajarillo lo sepa avisar, para refrenar sus sentimientos, intentarse controlar. Pues, ¿cómo ha de saberse el modo de actuar? Si no dices lo que sientes, la hipocresía asoma a tu ventana. Si dices lo que sientes, corres peligro de agobiar, asustar, o resultar herido. La mujer se para a pensar, en todo cuanto hecho por conseguir hacer sonreír cada día a ese pajarillo con miedo a volar. En cuánto quiere al pajarillo, en cuánto le va a añorar. Intenta pensar en lo correcto, en lo que debería hacer, en si sus sentimientos hacen mal o bien. Pero, ¿a quién hiere el cariño? ¿A quién puede ofender? Piensa, piensa y da vueltas y vueltas. Se preocupa, se pregunta y finalmente se rinde. Abre la ventana, sin miedo a la lluvia, y se lanza en picado a volar. Se eleva, se eleva. Y, cual niña entre nubes, se pone a bailar. Alegre, contenta, sin miedo. Sólo con unas enormes ganas de soñar. De momento sólo quiere disfrutar, de esa cosa que llaman felicidad.








Cual flor caída en un río, sólo desea dejarse llevar por la corriente.

Wendy Moira Angela Darling.

18.4.08

¿Por qué sigues ahí?

Porque esperar es algo inevitable.
Porque sentir no es nada censurable.
Porque llorar no impedirá que acabe.
Porque quemarse es tal vez deseable.
Porque fingir siempre será despreciable.

Porque añorarte será desesperante.
Porque conocerte ha sido fascinante.
Porque te quiero un poco más que antes.
Porque me llena simplemente contemplarte.
Porque morir no es algo emocionante.

Porque quiero ver mi sed saciada.
Porque quieres verme sonrojada.
Porque el sol ya se filtra por mi ventana.
Porque sé que seguirás ahí mañana.
Porque no todas las ilusiones son vanas.

Porque sabes que al oír tu voz sonreía.
Porque tengo en mi regazo tu alegría.
Porque descansa en tu pecho mi agonía.
Porque compartimos una misma melodía.
Porque te quiero más y más cada día.

Porque escribo con el corazón.
Porque lees cuanto hay en mi interior.
Porque dos en uno, y uno en dos.
Porque quisiera escuchar tu respiración.
Porque te mereces que te escriba una canción.

Porque hemos querido jugar con fuego.
Porque descubrimos que no es ningún juego.
Porque he alzado una vez más el vuelo.
Porque no quiero que mires desde el suelo.
Porque si me recuerdas, no muero.





Respuestas sin pregunta, preguntas sin respuesta.
Wendy Moira Angela Darling.

Alza tu voz

Allí donde vamos está con nosotros, pegada a nuestras espaldas. Adherida a nuestros pulmones pues infecta el aire que respiramos. Nos persigue, nos acosa, nos oprime. Pero no podemos verla. Sólo sentirla. Miles de imágenes han tratado de retratarla, miles de palabras han intentado describirla, miles de personas han intentado erradicarla. Pero no se puede. Es inmortal. Y nos seguirá siempre, allá donde vayamos, por mucho que corramos. Vive con nosotros, está en nuestros seres queridos. Y no marchará jamás de nuestras vidas. Su nombre es intolerancia. La vemos en quienes piden tolerancia para sí mismos, mientras critican a todos los que opinan de forma diferente. La vemos en quienes sienten compasión por sus seres queridos, mientras descuidan al prójimo. La intolerancia está ahí, siempre ahí. En quienes nos juzgan a cada paso que damos, pretendiendo ser mejores que nosotros. Y muchas veces callamos nuestra propia opinión, tenemos tanto miedo a ser diferentes, a no ser aceptados. Y otras veces pensamos: ¿por qué no? Y nos lanzamos al vacío. Nos expresamos. Y decimos quiénes somos, qué pensamos y cómo sentimos. Y nos insultan, nos desprecian, nos humillan y pretenden aleccionar. Pretenden domarnos. Confunden instrucción con educación. No, señores intolerantes, no es lo mismo. Alardean de su gran tolerancia para con aquellos que son iguales a ellos. Eso no es tolerancia, señores, es hipocresía. Y ¡no! No soy tolerante con aquellos que son intolerantes. ¡No! No perdono a quienes hacen daño, no tengo una fe que me diga “ama a tus enemigos”. No tengo fe. Y ¡no! No soy peor persona por ello, ni carezco de moral por no creer que vino alguien a enseñármela. ¡No! No tengo miedo a decir cómo soy o quién soy. No, no espero respeto ni tolerancia. Sé que no lo obtendré de vosotros, perfectos ciudadanos que todo lo hacéis bien. No, no perdono. A quienes mataron por intolerancia, a quienes hirieron por intolerancia, a quienes insultaron por intolerancia, a quienes humillaron por intolerancia. Sí, con todos ellos, soy intolerante. Y siempre lo seré. La intolerancia está por todas partes, y yo no soy una excepción. No pienso permitir que ahoguen mi voz mientras me expreso, los gritos de los ignorantes. Por gritar más, no llevas más razón. Y siempre hacen más ruido lo más intolerantes. Pero aunque sólo puedan oírme unos pocos, no me callaré. Jamás apagarán mi voz aquellos cuyos métodos de persuasión son el chantaje. Dadme argumentos, señores intolerantes, y yo os devolveré una gran dosis de realidad. Todos tenemos el mismo derecho a expresarnos. Si tú no toleras mi opinión, de acuerdo. Pero no pretendas que te escuche. No, no tengo miedo. Defiendo, y siempre lo haré, aquello en lo que creo.



This is not Neverland.

Wendy Moira Angela Darling.

17.4.08

Miradas

Miramos el mundo, miramos a la gente, miramos la vida pasar tediosamente. Y entre mirada y mirada, descubren unos ojos que no son como esperaban. De pronto un día descubren que yo miro como nadie jamás les miró. Miro de frente, sin miedo y a los ojos. Miro y leo su mente como quien lee el periódico. Y entonces tienen miedo, y rehuyen mirarme. Y entonces sienten en tu interior el calor de la aurora. Y entonces ya está, todo se acabó, se une a la lista uno más de los que no me mirarán ahora. Tienen miedo de lo que sienten cuando cruzan mi mirada, tienen miedo de que su alma se quede ahí atrapada. Todos siempre igual, todo el mundo lo mismo. Miradas, miradas. Y una dosis de cinismo. Me quemarán por bruja en la hoguera… Ardan mis ojos por ellos, que si nadie los mira, pierden cuanto tienen de bellos.

Hay quien dice que el amor surgió al mirarme a los ojos, hay quien dice que en ellos aprendió a verme en realidad. Hay quien dice que sin ellos no sabría quien soy ya. Hay quien cuenta mil batallas sobre miradas unidas, hay quien dice que yo miro como nadie miró en su vida. Se cuentan tantas cosas, sobre unos simples ojos, que yo me pregunto: Cuando miran, ¿qué ven los otros? ¿Acaso yo miro el mundo de otra manera? Simplemente miro con una curiosidad sincera. Queriendo conocer cuanto hay a mi alrededor, sin prisa, tengo toda una vida para explorar cada rincón. No importa si conozco mil lugares o sólo diez, sé que habré mirado cada cual con interés.

Sabes que te estoy mirando, aunque no me puedas ver. Sientes mis ojos clavados en lo más profundo de tu ser. Sabes que te observo con el alma, y que los ojos se quedaron cortos ya para mirar en ti. Sabes que te estoy mirando, aunque no te pueda ver.

Mi mirada, por ti, traspasa los límites del horizonte y corre a reunirse con esos ojos traviesos que te empeñas en mantener posados en los míos. Miradas tan cómplices y a la vez tan independientes. Tu mirada es como la mariposa juguetona que no se rinde a quedarse con el néctar superficial de las flores, y te adentras en mis ojos en busca de aquello que tanto asusta. “No te tengo miedo”, pareces decir sin más. Nadie me miró así jamás.

Miradas que asustan, quién sabe por qué. Tal vez porque exploran lo que no se debe ver.

Mirada directa, sincera y sin miedo. Te miro, me miras, y soy yo quien pierdo. Un duelo de miradas en que no soy vencedora, eres digno rival y yo digna perdedora.




Dicen que los ojos son el espejo del alma, los míos están abiertos… Para quien se atreva a mirar.

Wendy Moira Angela Darling.

Violín

Arrancando notas de su viejo violín, repasaba lentamente sus sueños rotos. Recordaba aquellas tardes de infancia en las que jugaba sin mayor preocupación que ser el primero en trepar al árbol. Cansado, sucio y feliz. Protegido de la realidad por aquellos que creaban un mundo seguro para él. Sus padres. Aquellos que le criaron. Dos hombres que lucharon con uñas y dientes por lograr el derecho de cuidarle. Dos hombres que le salvaron de vivir con unos progenitores que le abandonaron a su suerte siendo sólo un bebé. Dos hombres que, marginados por la sociedad, nunca dejaron que su hijo viera desesperación o tristeza en el mundo.

Arrancando notas de su viejo violín, repasaba lentamente sus sueños rotos. Recordaba aquellas noches de amor, junto a la mujer a la que quiso más que a nada. Junto a esa mujer que ya no estaba. Noches en las que se sentaban el uno junto al otro, a contemplar las estrellas bebiendo una copa de vino, y compartían sus sueños, ilusiones, esperanzas. Aquella mujer que le hizo sentir hombre. Aquella a la que quiso proteger de todo, incluso de la muerte. Rasgaba con furia su viejo violín reviviendo la impotencia de ser un débil rival para la parca, que se la llevó. Era tan injusto.

Arrancando notas de su viejo violín, repasaba lentamente sus sueños rotos. Recordaba a esa niña de ojos tristes que preguntaba por su madre. Una niña a la que no sabía cómo devolver la sonrisa. Su hija. Sola en la agonía de añorar a quien casi no pudo conocer. Un violinista que es un padre desgarrado por el dolor. Un violinista que agoniza en una muerte ajena.

Arrancando notas de su viejo violín, repasaba lentamente sus sueños rotos. Recordaba aquellas promesas que no se veía capaz de cumplir, promesas de un lecho de muerte. Promesas de nuevos amores, promesas de nueva vida, promesas de esperanza, promesas de felicidad.

Arrancando notas de su viejo violín, repasaba lentamente sus sueños rotos. Recordaba a la niña que, en ese instante, le contemplaba desde la puerta. La niña que fue a acurrucarse junto a él. Su único amor. Su hija. Que, por primera vez en mucho tiempo, regaló una sonrisa al agonizante violinista. La niña que le hizo recuperar la esperanza, sus sueños rotos.

Arrancando notas de su viejo violín, reconstruyó junto a su niña todo un mundo de sueños por cumplir. Por ella. Para ella. Junto a ella.






Dreaming in Neverland.

Wendy Moira Ángela Darling.

10.4.08

Dormir

Lejana en el tiempo quedó ya la historia. Lejana en el tiempo, lejos ya de la memoria. Lejos de aquellos ojos que pudieron contemplar el milagro de vivir, de su vida. Una vida que no marcó un antes y un después, pero pudo haberlo hecho. Lo merecía. No hubo espacio para el llanto, no hubo espacio para nada. Suele ocurrir cuando el amor surge de una batalla.

Como Romeo y Julieta, como tantas otras parejas. No se trata de literatura, es la vida. Todo es siempre tan difícil. Y si no lo es, lo complicamos para que lo sea. Como hicieron ellos, como la historia cuenta.

La lluvia azota con fuerza al caballo y al jinete. Amanece con calma, el sol está perezoso y no se quiere levantar de su lecho. Las olas del mar golpeando el acantilado susurran canciones de tiempos pasados. Su espada ensangrentada es lo único que le hace recordar la guerra que deja atrás. Un reguero de muerte allí por donde pasó, es un héroe y él se siente un perdedor. Su amante, su reina, su amor. Es lo único que le hace mantener la vista al frente, soportar sin quejarse tanto dolor. Hay quien dice soñar despierto, pero él tiene pesadillas. Y recuerda en cada paso las miradas de terror de los enemigos que cayeron bajo la fiereza de su acero. No hubo piedad. No, señor, no la hubo. No había espacio para ello. Piensa en su reina, buscando en su recuerdo ese remanso de paz que pueda permitirle contener las inmensas ganas de llorar. Una guerra… Por ella. Tantas muertes… Por ella. Desafió al más poderoso rey… Por ella. Y por ella regresa, cubierto de sangre, herida su alma, pero regresa. Sus soldados festejan la victoria, pero él sólo piensa en regresar deprisa, junto a ella. Deja a sus hombres atrás, y parte bajo la incesante lluvia hacia sus tierras. Ya se acerca, falta menos. Ya se divisa el castillo a lo lejos. Sus bosques mecidos por el viento parecen darle la bienvenida.

Deja el caballo en el establo, y corre a ver su reina. “En sus aposentos, mi rey”. Tan hermosa como siempre. Le sonríe al verle. Se besan, se abrazan. Derrochan el resto del día hablando y paseando, anhelando la llegada de la noche para retirarse a dormir juntos. Hacen el amor, como la primera vez. Llevan tanto sin verse… Y se duermen juntos, con los cuerpos entrelazados, con los corazones latiendo al mismo ritmo. Duermen, disfrutando del reposo de la noche, sin preocupaciones ni miedos. Sin malos recuerdos. Sin constantes sobresaltos. Duermen, tranquilos, felices, juntos.

El rey despierta, no sabe dónde está, pero ha escuchado a una mujer gritar. Sólo ve fría piedra a su alrededor, y dos hombres armados le miran con una sonrisa. “¿Escucháis eso, señor? Son los gritos de ‘vuestra’ reina. Ha sido devuelta a su esposo.” Trata de librarse de las cadenas que le aprisionan. A lo lejos ve llegar a su amor, sujeta por dos hombres de armas. Su marido va detrás, con una espada en las manos. “Mira, mi reina, lo que espera a quien osa enfrentarse a mí. Despídete de él”. La espada se hundió en su pecho, pero no sintió dolor. Nada físico podía compararse al daño que le había causado el saber que sólo soñaba que la tenía, que salían victoriosos, que realmente podrían ser felices juntos. Tal vez sea mejor morir para seguir soñando, que vivir sabiendo que ella jamás será suya. Afortunado él, que dormirá para siempre. Ella vive, con la tortura de no poder tenerle, deseando que llegue el momento en que cierre los ojos y puedan estar de nuevo juntos, como en su sueño. ¿Qué importan la vida o la muerte? Sin amor, ninguna vale la pena.



Vacía está la vida sin el amor, no es más que una pesadilla. Bienvenido sea el sueño eterno, si en la muerte podemos soñar que amamos y somos amados.

Wendy Moira Angela Darling.

8.4.08

Ignorar

El teléfono sonaba con esa peculiar insistencia que suele tener el tono cuando las llamadas están molestando. Ese tono que se mete en nuestros oídos y parece llenarlo todo. No se oye nada más, sólo el dichoso teléfono sonar una y otra vez. Sus tonos parecen decirte “venga, muévete, descuelga”. Pero nadie descolgó.

Cualquier otro día, en cualquier otro momento, cualquiera de ellos habría corrido a responder a la llamada con tal de no seguir escuchando ese insistente sonido. Pero en ese momento, los dos ignoraron al pobre teléfono, que quedó relegado al olvido dejando en el aire el misterio de quién sería la persona que llamaba. A ellos, desde luego, no les importaba. Estaban demasiado pendientes el uno del otro, para preocuparse de nada más.

Eran dos personas más en un mundo enorme, pero se sentían especiales. Él, porque ella le hacía sentir comprendido y querido. Ella, porque él le hacía sentir protegida y cuidada. Estaban tumbados sobre la cama, ambos de lado, mirándose a los ojos. Con su mano él acariciaba el pelo de ella, mientras ella le regalaba una mirada cargada de cariño. Se besaban, con timidez, con dudas, con temor al rechazo, con cierta culpabilidad. Se besaban suavemente, con delicadeza, uniendo lentamente sus labios, abriendo levemente la boca, rozando dulcemente sus lenguas. Se besaban, esta vez con más seguridad, a sabiendas de la aceptación mutua, excitados por el sabor a especias que había en sus bocas. Las manos de ella se deslizaban desde el pelo de él hasta su cuello, y le acariciaba suavemente la piel mientras jugaba a entrelazar sus lenguas.

El teléfono vuelve a sonar, con la misma insistencia cansina que normalmente haría impacientarse a quienes lo escuchan. No a ellos, no en ese momento, no. Siguen ignorándolo, pobre teléfono olvidado. Por mucho que grite nadie le hace caso.

Él la desnuda despacio, recreándose en el ritual de descubrir lentamente su piel. Contempla su cuerpo joven, suave, delicado y ardiente. Un cuerpo que está esperando anhelante sus caricias. Ninguno se hace de rogar, y se cubren de besos y caricias. Ella baja desde el cuello de él hasta su abdomen. Él sube perfilando con sus manos las caderas de ella, su cintura, sus pechos. Ambos son más conscientes de su propio cuerpo, de su respiración, de la sangre que corre con fuerza por sus venas impulsada por un corazón que late tan deprisa como puede. Son plenamente conscientes del calor que desprende el cuerpo ajeno, y disfrutan del poder de la seducción mutua. Poco a poco, entre caricias y besos, se van desprendiendo de su consciencia y se dejan llevar por el más primario deseo.

El teléfono suena una vez más, pesado, cargante, agotador. Pero nadie le presta atención, es algo demasiado mundano para tener cabida en las mentes de aquellos que están entregados al placer que les produce ignorar al mundo y creerse solos en el universo. Una vez más, el teléfono queda relegado a un segundo lugar.

Ella le rodea la cintura con las piernas, y pega su cuerpo cuanto le permiten las leyes de la física. Su respiración entrecortada es para él el mayor afrodisíaco, y no puede resistirse más a la tentación de estar en su interior. Entra con delicadeza, no la quiere lastimar. Ella suplica más y más. Él la besa en el cuello mientras entra con más fuerza. Ella cree que podría tocar las estrellas si estirase los brazos cuando le siente dentro. Oleadas de calor recorren todo su cuerpo, tensando su piel en escalofríos de placer. Nada más importa, sólo ese cuerpo que te hace estremecer.

El teléfono suena una vez más, él sonríe al ignorarlo. Es su particular forma de hacerle un corte de mangas al mundo. Ella es más importante, mucho más. Sea lo que sea… Puede esperar.

Hacen el amor con un deseo largo tiempo contenido, con la madurez de la experiencia y con el ansia de quien vive el momento como si fuese a morir al día siguiente. Sólo son un hombre y una mujer, que ignoran al mundo entero. No hay más que pensar, no hay más que decir. Sólo queda sentir. Nada más importa en ese momento, aislados de toda su rutina, su vida, sus obligaciones, responsabilidades y tediosas preocupaciones. Ignorando toda esa realidad que se esconde tras el tono del teléfono. Los sueños tienen prioridad, y ahora están haciendo que uno de los suyos se haga realidad.


Dejar de lado la vida, para aprender a vivir.

Wendy Moira Angela Darling.

5.4.08

Bienvenido

Bienvenido al primer día del resto de tu vida.
Bienvenido al último día de tu pasado más inmediato.
Bienvenido al lugar donde tus sueños son escuchados.
Bienvenido al sueño de la realidad.
Bienvenido al miedo al fracaso.
Bienvenido al amor.
Bienvenido al jardín donde juegan los niños.
Bienvenido al deseo de poseer mi cuerpo.
Bienvenido al desprecio por los arrogantes.
Bienvenido al odio por los asesinos.
Bienvenido al calor de una hoguera.
Bienvenido al taller donde fabrico mis ilusiones.
Bienvenido al río en el que fluye mi magia.
Bienvenido al paraíso más infernal.
Bienvenido al hotel donde se aloja tu ilusión.
Bienvenido al sitio que es todo y no es nada.
Bienvenido al barco que ya ha zarpado.
Bienvenido al tiempo que aún no ha comenzado.
Bienvenido al folio que sigue en blanco.
Bienvenido al susurro de un alma esperando.
Bienvenido al beso que te estoy dando.
Bienvenido al vuelo de una mariposa.
Bienvenido al sitio en que puedes creer en cualquier cosa.
Bienvenido al país de Nunca Jamás.







Bienvenido a mi mundo.
Wendy Moira Angela Darling.

4.4.08

Amigo

Sé que ha pasado mucho tiempo, y que las cosas que no son como fueron. Sé que ya no somos niños jugando en el patio del colegio. Sé que hemos cambiado, nos hemos hecho mayores, más viejos. Sé que la inocencia se marchó de nuestros ojos. Sé que el dolor se acercó mucho a nosotros. Sé que el amor pasó de largo y nos dejó vacíos. Sé que nada es tan sencillo como cuando éramos niños. Lo sé.

Sé que realmente no me has necesitado, sabes que habría estado a tu lado. Sabes que te añoré en este tiempo que estuvimos separados. El destino tiró en distintas direcciones, alejándonos. Sin mirar atrás. En busca de un futuro brillante, la anhelada felicidad.

Aquí estamos de nuevo. Ajadas la ropa y la esperanza. Cansados de perseguir nuestros sueños, volvimos al lugar en que los concebimos. Sentados en el parque donde jugábamos siendo unos críos. Viendo a los que ahora juegan en el que fue nuestro rincón preferido. Nos miramos sin apenas vernos. Los cinco sentidos puestos en nuestros recuerdos.

- ¿Dónde estuviste, amigo?

- Buscando fortuna en mejores parajes.

- ¿Fueron mejores?

- No, sólo distintos.

- ¿Fuiste feliz?

- No, sólo envejecí. ¿Dónde estuviste tú, viejo amigo?

- Persiguiendo la felicidad.

- ¿Le diste alcance?

- Era muy rápida. Se escabullía cada vez que yo la creía tocar.

- ¿Por qué has vuelto?

- Necesitaba pensar. Recordar por qué soñaba.

- ¿Y lo recuerdas ya?

- Creo que sí.

- ¿Por qué era?

- Porque era infantil. Un niño, un iluso, un pobre diablo que soñaba con ser ángel.

- ¿No hay espacio ya para los sueños?

- La maleta está llena de decepciones.

- Te comprendo. La mía está igual. Pesa tanto… Cuesta cargar con ella. Me siento viejo, y cansado.

- Viéndote a mi lado recuerdo todo aquello que nos hacía sonreír. Cosas pequeñas. Detalles magníficos.

- Sí, fuimos felices.

- ¿Por qué ya no?

- Porque dejamos de sentir la felicidad, para empezar a buscarla.

- ¿Qué quieres decir?

- Escuchándote, he visto mi vida a través de tus ojos. Ambos nos marchamos en busca de una felicidad que iba unida a nuestras ganas de vivir. Siempre quisimos más, poniendo las metas tan altas que por mucho que crecimos, jamás las alcanzamos. Dejamos de ver la vida, los detalles, la magia. Dejamos de sentir que valía la pena cada pequeña acción, pasando a pensar que la felicidad se hallaba oculta en nuestros aires de grandeza. Cuando, en realidad, siendo niños, era nuestra capacidad para que todo nos ilusionase lo que nos hacía tan felices. Hasta el más pequeño detalle tenía el poder de remover nuestros inquietos corazones.

- ¿Ya no hay esperanza para dos pobres viejos que se arrepienten?

- Eso depende. ¿Aún deseas ser feliz?

- Claro que sí.

- Bien, empecemos.

- ¿Qué quieres decir?

- Piensa, en este mismo instante, qué es lo que te está haciendo feliz. Ilusiónate, disfrútalo. Sonríe como hago yo.

- ¿Qué es lo que a ti te hace feliz?

- Volver a estar aquí. Contigo, viejo amigo. Hemos sufrido, hemos llenado de desilusión una pesada maleta, hemos cambiado. Pero estamos juntos, y aún somos amigos.

- ¿Qué haremos con la maleta? Es un lastre que me impide sonreír, por mucho que me ilusione estar junto a ti.

- No te preocupes por eso, aún tenemos tiempo de deshacer juntos el equipaje.

- Gracias, viejo amigo. Gracias por seguir aquí.










Siempre hay algo por lo que sonreír.

Wendy Moira Angela Darling.

2.4.08

Último beso

Tu barco ha vagado por mil tormentas
y a la muerte supiste sonreír,
ella te mostró el camino a seguir.
El infierno espera, cruza sus puertas.

Todo lo vivido pasa ante ti,
desde el minuto más duro, al más tierno;
en su memoria podrás ser eterno,
sigue sonriendo, sin miedo a seguir.

Añades leña al fuego del averno
con la risa fría del moribundo,
fría como las nieves de este invierno.

Y ahora, al sentir que abandonas el mundo,
quieres pedir este último deseo:
besarla una vez más, sólo un segundo.




Wendy Moira Angela Darling

Amar en silencio

Te quiero, y no te lo podré decir
me lo impide una parte de mi vida,
una parte de mí, comprometida,
con nuevos sentimientos que sentir.

En mi interior se abre una triste herida
que sólo tu compañía sanará,
necesito tu amor, cada vez más,
y calmar esta vida tan sufrida.

Todos saben lo que tú no sabrás:
que me has enamorado y seducido,
que te amo, y sé que tú nunca lo harás.

Y estoy pidiendo consejo al olvido,
aunque sé que no dejaré de amarte,
no cambiaría todo lo vivido.



Wendy Moira Angela Darling
y
Alberto

Me marcho arrepentido

Para mi tumba preparan las flores
y estoy arrepintiéndome de todo,
debería haber actuado de otro modo,
ahora me doy cuenta de mis errores.

Soy una lágrima que cae en el lodo
y me siento una sonrisa perdida.
Sin querer, perdí cuanto amé en la vida,
todo es culpa mïa, y ahora estoy solo.

Voy sintiendo cómo me invade la ira,
escucho a mis propios huesos temblar,
cansado de escuchar tanta mentira.

Quiero vivir en mi falsa verdad,
hago la maleta, marcho de viaje,
para no volver a mi realidad.



Wendy Moira Angela Darling
y
Alberto

Aceptar

Es duro aceptar el paso del tiempo.

Pensar que la vida no es para ti,

que dejaste atrás sueños por cumplir.

No supiste aprovechar tu momento.


Te preguntas, ¿qué habría pasado si…?

Si no hubieses dejado a esa mujer.

Si la hubieses aprendido a querer.

Tal vez con ella habrías sido feliz.


Puede que en aquella vida de ayer

hubiera tiempo para disfrutar,

para oler, para escuchar, para ver.


La soledad te ha puesto en tu lugar,

sólo eres un artista sin pincel.

Ahora es cuando lo tendrás que aceptar.



Wendy Moira Angela Darling.

31.3.08

Miedo

No, gracias, no puedo. ¿Por qué? Porque tengo miedo. ¿De qué? No lo sé. ¿Cómo puedes no saberlo? Es difícil de explicar. Inténtalo. Lo siento, no puedo, es muy duro. ¿Qué es duro? Explicarlo. ¿Por qué? Porque no me entenderías. ¿Estás segura? Completamente. ¿Cómo puedes estarlo si no lo intentas? El hecho de que sigas preguntando ya es una prueba de que no me entenderías. ¿Por qué? Porque nunca has tenido miedo. Claro que he tenido miedo. No miedo de verdad. ¿Acaso hay varios tipos de miedo? Hay muchísimos. ¿Cómo cuales? Los que te consumen por dentro, los que pasan de largo, los que te asustan momentáneamente aunque con intensidad, muchos. ¿Y tú cuál tienes? Todos. ¿Cómo puedes tenerlos todos? Soy así de tonta. No pienso que seas tonta. Ya lo pensarás. ¿Cuándo? Cuando aceptes que no me entiendes. ¿No sería yo el tonto si no te entendiese? No. ¿Podrías explicarte? Ya te he dicho que es muy complicado. Por favor, dímelo, ¿de qué tienes miedo? De todo y de nada. ¿Cómo puede ser eso? No lo sé. ¿Crees que me burlaré de ti? Tal vez, muchos lo han hecho. Yo no soy como los demás. Lo sé. ¿Entonces? Tu incomprensión dolería como una burla. Eso es injusto. El miedo lo es. ¿El miedo a qué? El miedo al miedo. ¿Tienes miedo a tener miedo? Sí. ¿Por qué? Porque siempre tengo miedo. Eso no es cierto. Sí lo es. ¿Y por qué estás ahora tan tranquila? Porque ahora sólo tengo miedo al momento en que llegue el terror. ¿Terror? Pánico, ataques de ansiedad, verdadero miedo. ¿Qué te asusta tanto? No lo sé, cambiemos de tema. No. ¿Por qué? Porque quiero saberlo, quiero confíes en mí. No, gracias, no puedo. ¿Por qué? Porque tengo miedo.


El miedo es como un viento gélido que te consumiese por dentro, impidiéndote razonar, te consume, te atenaza el cuerpo, te paraliza por completo, te hace sudar, llorar, gritar. Te hace desear estar en cualquier parte lejos de aquello que tanto te aterroriza. Lo peor del miedo… Es no saber dónde está. Es astuto, se esconde bien, para que no puedas encontrarlo. Porque si eres incapaz de hallarlo… Tampoco podrás acabar con él. El miedo es una losa que te aprisiona contra el suelo y te impide caminar, te impide pensar, te impide vivir. El miedo está siempre ahí, por mucho que intentes razonarlo y huir de él. Siempre corre más, te alcanza, te envuelve con sus oscuros brazos y sólo eres capaz de llorar. Llorar, llorar y llorar. Y buscas desesperadamente que alguien lo arranque de tu cuerpo, y se lo lleve lejos, porque eres incapaz de hacerlo tú. El miedo, siempre el miedo, nos roba libertad, dignidad y calidad de vida. Pero sólo el verdadero miedo, el pánico, ese que nos hace pensar que preferimos la muerte a seguir sintiendo ese terror comernos por dentro. Como si nunca fuésemos a ser capaces de volver a sonreír.


El miedo es una jaula para el alma.

Wendy Moira Angela Darling.

Apariencias

Como cada mañana, despertó junto a la mujer que fue su vida. Tantas dificultades compartidas habían convertido el lecho en un lugar frío y yermo. Una vida perfecta de cara al público. Dos desconocidos que se conocen demasiado bien comparten cama una vez más, obviando el cariño que algún día se tuvieron. Pudieron con mucho, pero no con la rutina, cruel destructora de la llama que una vez ardió en sus corazones.

Él se levanta lentamente, coge su ropa y se viste para ir a trabajar. Sin hacer ruido, ella aún puede dormir unos minutos más. Sale de la habitación, no sin antes contemplar durante un instante a su mujer dormida. Un ángel. A pesar de todo, aún es su amor, y lamenta cada día esa barrera invisible que les separa, que les impide amarse como hicieron antes.

Como cada mañana, despertó en una cama vacía pero aún caliente. Él ya se ha ido a trabajar. Se desliza hacia el lado de la cama que hace tanto le quedó vedado por limitaciones no escritas y jamás expresadas. Se acurruca aspirando el olor de su marido en las sábanas, y ese olor le hace recordar toda la felicidad que antaño tuvieron, pero que ahora sólo fingen tener. Suavemente besa la almohada, queriendo pensar que es su marido devolviéndole un beso que no es por compromiso. Se levanta despacio, y se dirige a la cocina a preparar el desayuno para sus hijos que aún duermen ajenos a todo en sus camitas. Tan sólo le quedan unos minutos de silencio en su hogar, para recrearse en los recuerdos de un amor congelado por la rutina y las dificultades. Para soñar despierta con un hombre que, aunque duerme a su lado, ya no sueña con ella.

Los niños despiertan, dulcemente arrancados de sus sueños tranquilos por la voz de su madre que les recuerda que un nuevo día comienza. Y la casa se llena con sus voces, sus risas y sus correteos por el pasillo.

Love in Neverland.

Wendy Moira Angela Darling.

Bajo las estrellas

Estaban abrazados, tumbados sobre una toalla y cubiertos por un manto de estrellas. La mortecina luz de la luna era la única que iluminaba sus cuerpos casi desnudos. Tumbados el uno junto al otro, se besaban nerviosos, entregados a un extraño amor precipitado que había surgido en poco tiempo. Ambos pensando que el mundo estaba, al fin, completo. El frío y la humedad de la noche fueron la excusa perfecta para acercar cada vez más sus cuerpos, buscando el calor del otro. Poco a poco fueron superando su timidez inicial, y se arriesgaban a explorar la piel de quien compartía la aventura de amar. Ella se estremecía ante las caricias de él, deseando que no retirase jamás esos dedos de fuego de su gélida piel. Él pensaba que tal vez se estuviesen precipitando, pero la deseaba tanto… La poca ropa que quedaba pronto estuvo esparcida sobre la hierba empapada de rocío, y la brisa fresca de la noche pronto fue un alivio más que una molestia. Sus cuerpos ardían. Parecía inevitable llegar hasta el final. Él se detuvo, acariciando suavemente las curvas la mujer que tenía entre sus brazos, y le preguntó “¿Estás segura?”. Ella respondió con una sonrisa que daba a entender que no se arrepentiría de nada. Entonces él, por fin liberado de la preocupación de que ella se fuese a sentir mal, dejó de lado su propia inquietud y se limitó a darle a ella cuanto su cuerpo exigía. Estar en su interior fue para él como comprender por fin lo que era sentirse un hombre, al ver en sus ojos el deseo, la pasión, al escuchar la respiración acelerada de aquella que, entre sus brazos, se sentía mujer. Se amaron con delicadeza, con ternura, pero también con pasión y con la furia de quien satisface una necesidad largo tiempo reprimida. Las estrellas apartaron la mirada para dar intimidad a dos amantes que, en mitad de la noche, habían descubierto la libertad al perder la razón. El lado más salvaje del hombre, es lo que más hombre le hace sentir. Quedaron rendidos, el uno en brazos del otro, contemplando el universo infinito dentro de cual ellos dos no eran nada… Sólo dos personas más, pero eso no importaba. No necesitaban ser más que eso, con tenerse el uno al otro bastaba. El firmamento, aquella noche, fue el cómplice de un secreto de amor que ambos guardaron para siempre.

Passion in Neverland.

Wendy Moira Angela Darling.

Ira

Querida Ira:

Sé que no es muy frecuente escribirle una carta a un pecado capital, pero necesitaba comunicarme contigo, porque creo que no te he tratado como mereces. Tantas y tantas veces te oculté, que casi creo que ya no te siento. Y a veces, cuando empiezas a surgir, me das tanto miedo que te reprimo de nuevo. Es por eso que te escribo esta carta, para pedirte perdón.

Tú eres quien me ha hecho, en los momentos más difíciles, poder ser más fuerte de lo que yo jamás pensé. Tú me has dado el valor para enfrentarme a todo aquello que me superaba, para luchar por aquello que creí justo. Y fíjate, qué poco te lo agradezco, que ni siquiera reconocí hasta hoy tu presencia en mis palabras. Pero siempre te consideré un sentimiento tan malo… Perdóname, por favor. Ahora sé que eres necesaria.

Cada vez que vienes a mí, siento ese dolor tan profundo que me oprime el pecho y no me deja casi respirar. Ese dolor que es tan característico de mí. Ese dolor que casi no puedo soportar a veces, y creo que moriré si no consigo detenerlo. Ese dolor que empieza a acudir a mí, como atraído por un imán, en este momento de tensión. Ahora, mientras te escribo esta carta. Aún es suave, y lo puedo soportar. Pero sé que crecerá si no consigo desahogarme. Ese es otro de los motivos por los que te escribo, necesito desahogarme. Y no sabía con quién hablar. Me pregunté quién ha estado conmigo en los peores momentos, en los más difíciles… Y comprendí que eras tú quien siempre vino a darme fuerzas. Nunca me has fallado. Gracias.

Tantas veces he creído que no quería volverte a ver, pero es sólo que no es fácil tratar contigo. Además, cada vez que estás a mi lado, mi fuerza es el dolor de quienes son objeto de mi enfado. Te lo debo a ti, lo sé. Esa extraña habilidad. Es don tan odioso que tengo. Esa misteriosa capacidad para conocer a la gente en poco tiempo… Especialmente, sus puntos débiles. Esa capacidad para hacerles daño con mis palabras, tanto que preferirían que les apuñalasen antes que seguir escuchándome hablar. Tú me has enseñado a hacer daño, a poder hacer llorar al hombre más fuerte, y hacer desear la muerte a cualquier otro. Sé que es a ti quien debo todo eso, un don que a veces no querría tener. Pero, a fin de cuentas, un don que me ha hecho seguir en pie, que me ha hecho no hundirme. De nuevo, gracias.

Gracias por ayudarme a seguir… Y discúlpame si a veces te dejo escondida en un rincón, sabes que en realidad te necesito.


Desde lo más hondo de mis enfados.
Wendy.



Wendy Moira Angela Darling.

Tempus fugit

Me quieres. Te quise. ¿Qué puedo decir? Me pides que te exprese unos sentimientos que no me está permitido sentir. No niego que aún quede algo de cariño en mí, pero ya no me sale. Deja ya de exigir. Te haces la víctima si no te demuestro mi amor a cada instante, y afirmas necesitar un cariño mayor que el que yo te ofrezco. Lo siento. No hay más. Deberás buscar en otra parte. En mí ya no queda nada que darte.

El tiempo ha pasado, pasaron los años. Y es ahora cuando te arrepientes de haberme hecho tanto daño. ¿Qué quieres que haga? No me sale quererte. Sé que en el fondo lamentaría perderte… Pero hay veces que no soporto siquiera tener que verte. Me robaste cosas simples, que yo necesitaba. Me robaste la oportunidad de sentirme aceptada. Me robaste mi tiempo. Me robaste mi sonrisa. Y ahora pretendes que yo sea la misma. Lo siento, lo juro, no quisiera sentirme así. Pero todo lo que siento es que ya no puedo sentir. Ni sentir, ni llorar, ni esperar, ni anhelar, ni desear, ni soñar, ni mirar al pasado y lograr sonreír. No encuentro ni un solo momento feliz.

Tan sólo me quedan recuerdos amargos que llenan mis labios de sabor a hiel cuando me pides que te diga que te quiero igual que ayer. Y a veces lo digo, y siento que miento. Y a veces me callo, y me niego a mentir. Y siempre, haga lo que haga, sé que vas a discutir. Porque no te conformas con algo forzado, y me fuerzas siempre a estar a tu lado. Quisiera arrancar mi propia piel a tiras, para no tener que soportar el dolor que se respira. Lloro por dentro, gritando en silencio. Y siento que el mundo se me queda pequeño.

Le grito al vacío, con los labios sellados. Suplico a la nada un momento de paz. Tan sólo quisiera poder olvidar todas las responsabilidades que nunca debí aceptar. Presiones, amargura, dolor, llanto e ira. ¿Por qué? ¿Por qué? ¿Por qué fue esa mi vida?

La impotencia de quien carga con el mundo a sus espaldas, y siente, cada vez más, que pesa demasiado. Pero sigue, y sigue, luchando por cargar con el mundo que algún día habrá de regalar. Tan sólo quisiera poder descansar.

Sueños, dulces sueños… Venidme a rescatar. Llevadme volando al país de Nunca Jamás.


Wendy Moira Angela Darling

Dame alas

Sentada en aquél sucio escalón, viendo pasar a la gente corriendo bajo la lluvia. Como si así fuesen a mojarse menos. Con sus ropas protegía la carta. A pesar de que bajo aquel portón no caía demasiada agua, temía que la carta se mojara y tuviese que volver a escribirla. Le había costado demasiado esfuerzo. ¿Cuánto tiempo llevaba allí sentada? ¿Cuánto más se quedaría? Poco importaba, tiempo era lo único que tenía en ese momento. Había dejado su orgullo de lado, había buscado en lo más profundo de su ser aquel coraje que no poseía, había roto aquella promesa que se hizo a sí misma: No lo harás. Pero lo estaba haciendo. Estaba a mitad de camino. La carta estaba escrita, sólo debía entregarla.

Cada vez llovía con más intensidad, y ya no quedaba casi nadie por las calles encharcadas. Un par de niños corrían de vuelta a casa, saltando en cada charco con sus botas de agua y sus pantalones empapados. Las caritas resplandecientes por la felicidad del momento. “Sólo es agua”, pensarían muchos. Tal vez. ¿Por qué pedir más, si con poco eres feliz? Ella le daba vueltas a ese pensamiento una y otra vez. ¿Era ella feliz? No, no lo era. Pero lo sería, porque había tenido el valor de llegar hasta allí, de escribir la carta. Y sería feliz. Se levantó del sucio escalón, sacudió sus ropas, y empezó a andar con la carta escondida bajo su camisa. No llevaba ni una mísera chaqueta con que protegerse del diluvio. No la necesitaba. Dejó que el agua golpease con fuerza su rostro, sus ropas, sus cabellos. Sus cabellos… Hace unas horas estaban hermosos, ahora caían pesados sobres sus hombros y su espalda, para gotear agua desde su cintura hacia la ya mojada calle. Las ropas se le pegaban a la piel, y temió por la carta. Le costaba mucho más cada movimiento, porque su falda empapada se enredaba entre sus piernas. No se detuvo. Siguió caminando hasta que llegó a la casa. Y llamó a la puerta.

- Hola. – Dijo él. - ¿Quieres pasar? Estás empapada.

Ella extrajo la carta de debajo de su camisa, y se la tendió a él con manos temblorosas por el frío, por el miedo, por los nervios. El agua goteaba por su rostro, su pelo y sus ropas, y cada vez temblaba más. Él cogió la carta, confuso. Ella se dio la vuelta, y empezó a alejarse.

- ¡Espera! ¿No quieres pasar? – Insistió él.

Ella se dio la vuelta, y le dedicó una sonrisa que él jamás olvidaría. Sincera, cargada de calor en un día frío. El arcoiris de aquel día de lluvia. Después, volvió a girarse y continuó caminando lentamente bajo la lluvia. Como si estuviera paseando por la orilla de una playa, sin preocuparse de las miradas de vecinos curiosos que desde sus ventanas la tachaban de loca por caminar así bajo aquel diluvio.

Él abrió la carta. También temblaban sus manos ahora. Y leyó para sí “Te quiero”. Era todo cuanto ponía. Elevó la mirada hacia el camino por el que ella se alejaba. Miró el cálido interior de su casa, con su vida tranquila, sin preocupaciones, sin sobresaltos. En la calle llovía a cántaros. ¿Qué hacer? Cuando se disponía a volver a entrar en casa, una imagen pasó por su cabeza. Aquella sonrisa que ella le había dedicado. Cálida a pesar del frío. Tranquila a pesar de los nervios. Hermosa a pesar del horror del mundo. Sincera, auténtica. Corrió tras ella aún con la carta en la mano. Cuando logró alcanzarla, ya estaba empapado de agua.

- ¿Por qué me dices esto ahora? ¿Por qué así?

- Porque tenías que saberlo. No pido nada a cambio. Sólo quería que lo supieras. – Las lágrimas rodaban por su mejilla mientras decía estas palabras, pero él no lo supo nunca… Pensó que era la lluvia.

- Sabes que no puedo estar contigo.

- Lo sé.

- Sabes que mi vida es complicada en este instante.

- Lo sé.

- ¿Qué quieres entonces de mí, viniendo en plena tormenta a entregarme esta carta?

Ella le miró a los ojos, temiendo responder.

- Sólo quería verte una última vez. Sólo quería vivir sabiendo que fui sincera, que lo intenté, que nunca me rendí.

- ¿Una última vez? ¿De qué hablas? – Él cada vez se sentía más confuso, no lograba comprender lo que ella estaba diciendo.

- Me marcho a otro lugar. Tú no podrás venir conmigo. No intentes encontrarme, sería un esfuerzo inútil.

- ¿Por qué? ¿Por qué te marchas así? ¿Por qué nunca más podré verte?

- Porque yo elegí volar. Tú elegiste caminar. No podrás tenerme si no vuelas tú también, pero no tienes alas. No quisiste tenerlas.

- No comprendo lo que dices. Afirmas quererme, y ahora quieres alejarte de mí. ¿Qué clase de amor es ese?

- El mío. Pero, ¿por qué tanto interés en comprender un amor que no deseas recibir?

- Tienes razón. Poco me importa lo que hagas con tu vida. O con tus estúpidas ideas sobre fantasías, alas, sueños y volar. Jamás pude comprenderte.

Ella se dio la vuelta, y empezó de nuevo a alejarse. Ya no lloraba. Ahora estaba sonriendo.

Él se quedó parado en mitad de la calle, sabiendo lo que esperaba al final del camino. Un hogar, seguridad, tranquilidad. Su vida. Con los pies en la tierra, como siempre estuvo. Sin sueños extraños, ni fantasías de niña pequeña. Por fin le había dejado las cosas claras a esa niña tonta. Empezó a caminar hacia su casa. Cuando llegó a la puerta, se giró una última vez a contemplarla. Ya no llovía. Un hermoso arcoiris se dibujaba en el cielo. Un arcoiris. Como su sonrisa.

- Ojalá pudiera volar contigo, niña tonta. Pero no tengo alas. Soy demasiado real para poder elevarme. – Pensó, sumido en una angustia que no podía comprender. Él nunca había podido comprender nada de ella.

Tomó de nuevo la carta, y volvió a leer un te quiero humedecido, en un papel rasgado por el peso del agua. Dio la vuelta a la carta, y vio unas alas dibujadas. Ella le estaba liberando de su realidad, le estaba dando la magia que le faltaba. Sus alas.

Corrió tan rápido como pudo, tratando de nuevo de poder alcanzarla. Deseando que no fuese demasiado tarde, que no se hubiese ido. Tras un buen rato corriendo, logró divisar su figura alejándose. Cuando llegó hasta ella, la tomó de la cintura, y la besó en los labios.

- Yo también te quiero. – Mientras estas palabras salían de sus labios, comprendió todo lo que ella decía. Eso era volar, ella era sus alas. Y no quería volver a ser real nunca más. – Gracias por darme alas, niña tonta.

- Yo no te las di. Fue mi amor. Ése que no puedes comprender. Ése que sientes ahora. Ése que siempre tendrás. El amor.



Wendy Moira Angela Darling