Sentada en aquél sucio escalón, viendo pasar a la gente corriendo bajo la lluvia. Como si así fuesen a mojarse menos. Con sus ropas protegía la carta. A pesar de que bajo aquel portón no caía demasiada agua, temía que la carta se mojara y tuviese que volver a escribirla. Le había costado demasiado esfuerzo. ¿Cuánto tiempo llevaba allí sentada? ¿Cuánto más se quedaría? Poco importaba, tiempo era lo único que tenía en ese momento. Había dejado su orgullo de lado, había buscado en lo más profundo de su ser aquel coraje que no poseía, había roto aquella promesa que se hizo a sí misma: No lo harás. Pero lo estaba haciendo. Estaba a mitad de camino. La carta estaba escrita, sólo debía entregarla.
Cada vez llovía con más intensidad, y ya no quedaba casi nadie por las calles encharcadas. Un par de niños corrían de vuelta a casa, saltando en cada charco con sus botas de agua y sus pantalones empapados. Las caritas resplandecientes por la felicidad del momento. “Sólo es agua”, pensarían muchos. Tal vez. ¿Por qué pedir más, si con poco eres feliz? Ella le daba vueltas a ese pensamiento una y otra vez. ¿Era ella feliz? No, no lo era. Pero lo sería, porque había tenido el valor de llegar hasta allí, de escribir la carta. Y sería feliz. Se levantó del sucio escalón, sacudió sus ropas, y empezó a andar con la carta escondida bajo su camisa. No llevaba ni una mísera chaqueta con que protegerse del diluvio. No la necesitaba. Dejó que el agua golpease con fuerza su rostro, sus ropas, sus cabellos. Sus cabellos… Hace unas horas estaban hermosos, ahora caían pesados sobres sus hombros y su espalda, para gotear agua desde su cintura hacia la ya mojada calle. Las ropas se le pegaban a la piel, y temió por la carta. Le costaba mucho más cada movimiento, porque su falda empapada se enredaba entre sus piernas. No se detuvo. Siguió caminando hasta que llegó a la casa. Y llamó a la puerta.
- Hola. – Dijo él. - ¿Quieres pasar? Estás empapada.
Ella extrajo la carta de debajo de su camisa, y se la tendió a él con manos temblorosas por el frío, por el miedo, por los nervios. El agua goteaba por su rostro, su pelo y sus ropas, y cada vez temblaba más. Él cogió la carta, confuso. Ella se dio la vuelta, y empezó a alejarse.
- ¡Espera! ¿No quieres pasar? – Insistió él.
Ella se dio la vuelta, y le dedicó una sonrisa que él jamás olvidaría. Sincera, cargada de calor en un día frío. El arcoiris de aquel día de lluvia. Después, volvió a girarse y continuó caminando lentamente bajo la lluvia. Como si estuviera paseando por la orilla de una playa, sin preocuparse de las miradas de vecinos curiosos que desde sus ventanas la tachaban de loca por caminar así bajo aquel diluvio.
Él abrió la carta. También temblaban sus manos ahora. Y leyó para sí “Te quiero”. Era todo cuanto ponía. Elevó la mirada hacia el camino por el que ella se alejaba. Miró el cálido interior de su casa, con su vida tranquila, sin preocupaciones, sin sobresaltos. En la calle llovía a cántaros. ¿Qué hacer? Cuando se disponía a volver a entrar en casa, una imagen pasó por su cabeza. Aquella sonrisa que ella le había dedicado. Cálida a pesar del frío. Tranquila a pesar de los nervios. Hermosa a pesar del horror del mundo. Sincera, auténtica. Corrió tras ella aún con la carta en la mano. Cuando logró alcanzarla, ya estaba empapado de agua.
- ¿Por qué me dices esto ahora? ¿Por qué así?
- Porque tenías que saberlo. No pido nada a cambio. Sólo quería que lo supieras. – Las lágrimas rodaban por su mejilla mientras decía estas palabras, pero él no lo supo nunca… Pensó que era la lluvia.
- Sabes que no puedo estar contigo.
- Lo sé.
- Sabes que mi vida es complicada en este instante.
- Lo sé.
- ¿Qué quieres entonces de mí, viniendo en plena tormenta a entregarme esta carta?
Ella le miró a los ojos, temiendo responder.
- Sólo quería verte una última vez. Sólo quería vivir sabiendo que fui sincera, que lo intenté, que nunca me rendí.
- ¿Una última vez? ¿De qué hablas? – Él cada vez se sentía más confuso, no lograba comprender lo que ella estaba diciendo.
- Me marcho a otro lugar. Tú no podrás venir conmigo. No intentes encontrarme, sería un esfuerzo inútil.
- ¿Por qué? ¿Por qué te marchas así? ¿Por qué nunca más podré verte?
- Porque yo elegí volar. Tú elegiste caminar. No podrás tenerme si no vuelas tú también, pero no tienes alas. No quisiste tenerlas.
- No comprendo lo que dices. Afirmas quererme, y ahora quieres alejarte de mí. ¿Qué clase de amor es ese?
- El mío. Pero, ¿por qué tanto interés en comprender un amor que no deseas recibir?
- Tienes razón. Poco me importa lo que hagas con tu vida. O con tus estúpidas ideas sobre fantasías, alas, sueños y volar. Jamás pude comprenderte.
Ella se dio la vuelta, y empezó de nuevo a alejarse. Ya no lloraba. Ahora estaba sonriendo.
Él se quedó parado en mitad de la calle, sabiendo lo que esperaba al final del camino. Un hogar, seguridad, tranquilidad. Su vida. Con los pies en la tierra, como siempre estuvo. Sin sueños extraños, ni fantasías de niña pequeña. Por fin le había dejado las cosas claras a esa niña tonta. Empezó a caminar hacia su casa. Cuando llegó a la puerta, se giró una última vez a contemplarla. Ya no llovía. Un hermoso arcoiris se dibujaba en el cielo. Un arcoiris. Como su sonrisa.
- Ojalá pudiera volar contigo, niña tonta. Pero no tengo alas. Soy demasiado real para poder elevarme. – Pensó, sumido en una angustia que no podía comprender. Él nunca había podido comprender nada de ella.
Tomó de nuevo la carta, y volvió a leer un te quiero humedecido, en un papel rasgado por el peso del agua. Dio la vuelta a la carta, y vio unas alas dibujadas. Ella le estaba liberando de su realidad, le estaba dando la magia que le faltaba. Sus alas.
Corrió tan rápido como pudo, tratando de nuevo de poder alcanzarla. Deseando que no fuese demasiado tarde, que no se hubiese ido. Tras un buen rato corriendo, logró divisar su figura alejándose. Cuando llegó hasta ella, la tomó de la cintura, y la besó en los labios.
- Yo también te quiero. – Mientras estas palabras salían de sus labios, comprendió todo lo que ella decía. Eso era volar, ella era sus alas. Y no quería volver a ser real nunca más. – Gracias por darme alas, niña tonta.
- Yo no te las di. Fue mi amor. Ése que no puedes comprender. Ése que sientes ahora. Ése que siempre tendrás. El amor.
Wendy Moira Angela Darling