31.3.08

Miedo

No, gracias, no puedo. ¿Por qué? Porque tengo miedo. ¿De qué? No lo sé. ¿Cómo puedes no saberlo? Es difícil de explicar. Inténtalo. Lo siento, no puedo, es muy duro. ¿Qué es duro? Explicarlo. ¿Por qué? Porque no me entenderías. ¿Estás segura? Completamente. ¿Cómo puedes estarlo si no lo intentas? El hecho de que sigas preguntando ya es una prueba de que no me entenderías. ¿Por qué? Porque nunca has tenido miedo. Claro que he tenido miedo. No miedo de verdad. ¿Acaso hay varios tipos de miedo? Hay muchísimos. ¿Cómo cuales? Los que te consumen por dentro, los que pasan de largo, los que te asustan momentáneamente aunque con intensidad, muchos. ¿Y tú cuál tienes? Todos. ¿Cómo puedes tenerlos todos? Soy así de tonta. No pienso que seas tonta. Ya lo pensarás. ¿Cuándo? Cuando aceptes que no me entiendes. ¿No sería yo el tonto si no te entendiese? No. ¿Podrías explicarte? Ya te he dicho que es muy complicado. Por favor, dímelo, ¿de qué tienes miedo? De todo y de nada. ¿Cómo puede ser eso? No lo sé. ¿Crees que me burlaré de ti? Tal vez, muchos lo han hecho. Yo no soy como los demás. Lo sé. ¿Entonces? Tu incomprensión dolería como una burla. Eso es injusto. El miedo lo es. ¿El miedo a qué? El miedo al miedo. ¿Tienes miedo a tener miedo? Sí. ¿Por qué? Porque siempre tengo miedo. Eso no es cierto. Sí lo es. ¿Y por qué estás ahora tan tranquila? Porque ahora sólo tengo miedo al momento en que llegue el terror. ¿Terror? Pánico, ataques de ansiedad, verdadero miedo. ¿Qué te asusta tanto? No lo sé, cambiemos de tema. No. ¿Por qué? Porque quiero saberlo, quiero confíes en mí. No, gracias, no puedo. ¿Por qué? Porque tengo miedo.


El miedo es como un viento gélido que te consumiese por dentro, impidiéndote razonar, te consume, te atenaza el cuerpo, te paraliza por completo, te hace sudar, llorar, gritar. Te hace desear estar en cualquier parte lejos de aquello que tanto te aterroriza. Lo peor del miedo… Es no saber dónde está. Es astuto, se esconde bien, para que no puedas encontrarlo. Porque si eres incapaz de hallarlo… Tampoco podrás acabar con él. El miedo es una losa que te aprisiona contra el suelo y te impide caminar, te impide pensar, te impide vivir. El miedo está siempre ahí, por mucho que intentes razonarlo y huir de él. Siempre corre más, te alcanza, te envuelve con sus oscuros brazos y sólo eres capaz de llorar. Llorar, llorar y llorar. Y buscas desesperadamente que alguien lo arranque de tu cuerpo, y se lo lleve lejos, porque eres incapaz de hacerlo tú. El miedo, siempre el miedo, nos roba libertad, dignidad y calidad de vida. Pero sólo el verdadero miedo, el pánico, ese que nos hace pensar que preferimos la muerte a seguir sintiendo ese terror comernos por dentro. Como si nunca fuésemos a ser capaces de volver a sonreír.


El miedo es una jaula para el alma.

Wendy Moira Angela Darling.

Apariencias

Como cada mañana, despertó junto a la mujer que fue su vida. Tantas dificultades compartidas habían convertido el lecho en un lugar frío y yermo. Una vida perfecta de cara al público. Dos desconocidos que se conocen demasiado bien comparten cama una vez más, obviando el cariño que algún día se tuvieron. Pudieron con mucho, pero no con la rutina, cruel destructora de la llama que una vez ardió en sus corazones.

Él se levanta lentamente, coge su ropa y se viste para ir a trabajar. Sin hacer ruido, ella aún puede dormir unos minutos más. Sale de la habitación, no sin antes contemplar durante un instante a su mujer dormida. Un ángel. A pesar de todo, aún es su amor, y lamenta cada día esa barrera invisible que les separa, que les impide amarse como hicieron antes.

Como cada mañana, despertó en una cama vacía pero aún caliente. Él ya se ha ido a trabajar. Se desliza hacia el lado de la cama que hace tanto le quedó vedado por limitaciones no escritas y jamás expresadas. Se acurruca aspirando el olor de su marido en las sábanas, y ese olor le hace recordar toda la felicidad que antaño tuvieron, pero que ahora sólo fingen tener. Suavemente besa la almohada, queriendo pensar que es su marido devolviéndole un beso que no es por compromiso. Se levanta despacio, y se dirige a la cocina a preparar el desayuno para sus hijos que aún duermen ajenos a todo en sus camitas. Tan sólo le quedan unos minutos de silencio en su hogar, para recrearse en los recuerdos de un amor congelado por la rutina y las dificultades. Para soñar despierta con un hombre que, aunque duerme a su lado, ya no sueña con ella.

Los niños despiertan, dulcemente arrancados de sus sueños tranquilos por la voz de su madre que les recuerda que un nuevo día comienza. Y la casa se llena con sus voces, sus risas y sus correteos por el pasillo.

Love in Neverland.

Wendy Moira Angela Darling.

Bajo las estrellas

Estaban abrazados, tumbados sobre una toalla y cubiertos por un manto de estrellas. La mortecina luz de la luna era la única que iluminaba sus cuerpos casi desnudos. Tumbados el uno junto al otro, se besaban nerviosos, entregados a un extraño amor precipitado que había surgido en poco tiempo. Ambos pensando que el mundo estaba, al fin, completo. El frío y la humedad de la noche fueron la excusa perfecta para acercar cada vez más sus cuerpos, buscando el calor del otro. Poco a poco fueron superando su timidez inicial, y se arriesgaban a explorar la piel de quien compartía la aventura de amar. Ella se estremecía ante las caricias de él, deseando que no retirase jamás esos dedos de fuego de su gélida piel. Él pensaba que tal vez se estuviesen precipitando, pero la deseaba tanto… La poca ropa que quedaba pronto estuvo esparcida sobre la hierba empapada de rocío, y la brisa fresca de la noche pronto fue un alivio más que una molestia. Sus cuerpos ardían. Parecía inevitable llegar hasta el final. Él se detuvo, acariciando suavemente las curvas la mujer que tenía entre sus brazos, y le preguntó “¿Estás segura?”. Ella respondió con una sonrisa que daba a entender que no se arrepentiría de nada. Entonces él, por fin liberado de la preocupación de que ella se fuese a sentir mal, dejó de lado su propia inquietud y se limitó a darle a ella cuanto su cuerpo exigía. Estar en su interior fue para él como comprender por fin lo que era sentirse un hombre, al ver en sus ojos el deseo, la pasión, al escuchar la respiración acelerada de aquella que, entre sus brazos, se sentía mujer. Se amaron con delicadeza, con ternura, pero también con pasión y con la furia de quien satisface una necesidad largo tiempo reprimida. Las estrellas apartaron la mirada para dar intimidad a dos amantes que, en mitad de la noche, habían descubierto la libertad al perder la razón. El lado más salvaje del hombre, es lo que más hombre le hace sentir. Quedaron rendidos, el uno en brazos del otro, contemplando el universo infinito dentro de cual ellos dos no eran nada… Sólo dos personas más, pero eso no importaba. No necesitaban ser más que eso, con tenerse el uno al otro bastaba. El firmamento, aquella noche, fue el cómplice de un secreto de amor que ambos guardaron para siempre.

Passion in Neverland.

Wendy Moira Angela Darling.

Ira

Querida Ira:

Sé que no es muy frecuente escribirle una carta a un pecado capital, pero necesitaba comunicarme contigo, porque creo que no te he tratado como mereces. Tantas y tantas veces te oculté, que casi creo que ya no te siento. Y a veces, cuando empiezas a surgir, me das tanto miedo que te reprimo de nuevo. Es por eso que te escribo esta carta, para pedirte perdón.

Tú eres quien me ha hecho, en los momentos más difíciles, poder ser más fuerte de lo que yo jamás pensé. Tú me has dado el valor para enfrentarme a todo aquello que me superaba, para luchar por aquello que creí justo. Y fíjate, qué poco te lo agradezco, que ni siquiera reconocí hasta hoy tu presencia en mis palabras. Pero siempre te consideré un sentimiento tan malo… Perdóname, por favor. Ahora sé que eres necesaria.

Cada vez que vienes a mí, siento ese dolor tan profundo que me oprime el pecho y no me deja casi respirar. Ese dolor que es tan característico de mí. Ese dolor que casi no puedo soportar a veces, y creo que moriré si no consigo detenerlo. Ese dolor que empieza a acudir a mí, como atraído por un imán, en este momento de tensión. Ahora, mientras te escribo esta carta. Aún es suave, y lo puedo soportar. Pero sé que crecerá si no consigo desahogarme. Ese es otro de los motivos por los que te escribo, necesito desahogarme. Y no sabía con quién hablar. Me pregunté quién ha estado conmigo en los peores momentos, en los más difíciles… Y comprendí que eras tú quien siempre vino a darme fuerzas. Nunca me has fallado. Gracias.

Tantas veces he creído que no quería volverte a ver, pero es sólo que no es fácil tratar contigo. Además, cada vez que estás a mi lado, mi fuerza es el dolor de quienes son objeto de mi enfado. Te lo debo a ti, lo sé. Esa extraña habilidad. Es don tan odioso que tengo. Esa misteriosa capacidad para conocer a la gente en poco tiempo… Especialmente, sus puntos débiles. Esa capacidad para hacerles daño con mis palabras, tanto que preferirían que les apuñalasen antes que seguir escuchándome hablar. Tú me has enseñado a hacer daño, a poder hacer llorar al hombre más fuerte, y hacer desear la muerte a cualquier otro. Sé que es a ti quien debo todo eso, un don que a veces no querría tener. Pero, a fin de cuentas, un don que me ha hecho seguir en pie, que me ha hecho no hundirme. De nuevo, gracias.

Gracias por ayudarme a seguir… Y discúlpame si a veces te dejo escondida en un rincón, sabes que en realidad te necesito.


Desde lo más hondo de mis enfados.
Wendy.



Wendy Moira Angela Darling.

Tempus fugit

Me quieres. Te quise. ¿Qué puedo decir? Me pides que te exprese unos sentimientos que no me está permitido sentir. No niego que aún quede algo de cariño en mí, pero ya no me sale. Deja ya de exigir. Te haces la víctima si no te demuestro mi amor a cada instante, y afirmas necesitar un cariño mayor que el que yo te ofrezco. Lo siento. No hay más. Deberás buscar en otra parte. En mí ya no queda nada que darte.

El tiempo ha pasado, pasaron los años. Y es ahora cuando te arrepientes de haberme hecho tanto daño. ¿Qué quieres que haga? No me sale quererte. Sé que en el fondo lamentaría perderte… Pero hay veces que no soporto siquiera tener que verte. Me robaste cosas simples, que yo necesitaba. Me robaste la oportunidad de sentirme aceptada. Me robaste mi tiempo. Me robaste mi sonrisa. Y ahora pretendes que yo sea la misma. Lo siento, lo juro, no quisiera sentirme así. Pero todo lo que siento es que ya no puedo sentir. Ni sentir, ni llorar, ni esperar, ni anhelar, ni desear, ni soñar, ni mirar al pasado y lograr sonreír. No encuentro ni un solo momento feliz.

Tan sólo me quedan recuerdos amargos que llenan mis labios de sabor a hiel cuando me pides que te diga que te quiero igual que ayer. Y a veces lo digo, y siento que miento. Y a veces me callo, y me niego a mentir. Y siempre, haga lo que haga, sé que vas a discutir. Porque no te conformas con algo forzado, y me fuerzas siempre a estar a tu lado. Quisiera arrancar mi propia piel a tiras, para no tener que soportar el dolor que se respira. Lloro por dentro, gritando en silencio. Y siento que el mundo se me queda pequeño.

Le grito al vacío, con los labios sellados. Suplico a la nada un momento de paz. Tan sólo quisiera poder olvidar todas las responsabilidades que nunca debí aceptar. Presiones, amargura, dolor, llanto e ira. ¿Por qué? ¿Por qué? ¿Por qué fue esa mi vida?

La impotencia de quien carga con el mundo a sus espaldas, y siente, cada vez más, que pesa demasiado. Pero sigue, y sigue, luchando por cargar con el mundo que algún día habrá de regalar. Tan sólo quisiera poder descansar.

Sueños, dulces sueños… Venidme a rescatar. Llevadme volando al país de Nunca Jamás.


Wendy Moira Angela Darling

Dame alas

Sentada en aquél sucio escalón, viendo pasar a la gente corriendo bajo la lluvia. Como si así fuesen a mojarse menos. Con sus ropas protegía la carta. A pesar de que bajo aquel portón no caía demasiada agua, temía que la carta se mojara y tuviese que volver a escribirla. Le había costado demasiado esfuerzo. ¿Cuánto tiempo llevaba allí sentada? ¿Cuánto más se quedaría? Poco importaba, tiempo era lo único que tenía en ese momento. Había dejado su orgullo de lado, había buscado en lo más profundo de su ser aquel coraje que no poseía, había roto aquella promesa que se hizo a sí misma: No lo harás. Pero lo estaba haciendo. Estaba a mitad de camino. La carta estaba escrita, sólo debía entregarla.

Cada vez llovía con más intensidad, y ya no quedaba casi nadie por las calles encharcadas. Un par de niños corrían de vuelta a casa, saltando en cada charco con sus botas de agua y sus pantalones empapados. Las caritas resplandecientes por la felicidad del momento. “Sólo es agua”, pensarían muchos. Tal vez. ¿Por qué pedir más, si con poco eres feliz? Ella le daba vueltas a ese pensamiento una y otra vez. ¿Era ella feliz? No, no lo era. Pero lo sería, porque había tenido el valor de llegar hasta allí, de escribir la carta. Y sería feliz. Se levantó del sucio escalón, sacudió sus ropas, y empezó a andar con la carta escondida bajo su camisa. No llevaba ni una mísera chaqueta con que protegerse del diluvio. No la necesitaba. Dejó que el agua golpease con fuerza su rostro, sus ropas, sus cabellos. Sus cabellos… Hace unas horas estaban hermosos, ahora caían pesados sobres sus hombros y su espalda, para gotear agua desde su cintura hacia la ya mojada calle. Las ropas se le pegaban a la piel, y temió por la carta. Le costaba mucho más cada movimiento, porque su falda empapada se enredaba entre sus piernas. No se detuvo. Siguió caminando hasta que llegó a la casa. Y llamó a la puerta.

- Hola. – Dijo él. - ¿Quieres pasar? Estás empapada.

Ella extrajo la carta de debajo de su camisa, y se la tendió a él con manos temblorosas por el frío, por el miedo, por los nervios. El agua goteaba por su rostro, su pelo y sus ropas, y cada vez temblaba más. Él cogió la carta, confuso. Ella se dio la vuelta, y empezó a alejarse.

- ¡Espera! ¿No quieres pasar? – Insistió él.

Ella se dio la vuelta, y le dedicó una sonrisa que él jamás olvidaría. Sincera, cargada de calor en un día frío. El arcoiris de aquel día de lluvia. Después, volvió a girarse y continuó caminando lentamente bajo la lluvia. Como si estuviera paseando por la orilla de una playa, sin preocuparse de las miradas de vecinos curiosos que desde sus ventanas la tachaban de loca por caminar así bajo aquel diluvio.

Él abrió la carta. También temblaban sus manos ahora. Y leyó para sí “Te quiero”. Era todo cuanto ponía. Elevó la mirada hacia el camino por el que ella se alejaba. Miró el cálido interior de su casa, con su vida tranquila, sin preocupaciones, sin sobresaltos. En la calle llovía a cántaros. ¿Qué hacer? Cuando se disponía a volver a entrar en casa, una imagen pasó por su cabeza. Aquella sonrisa que ella le había dedicado. Cálida a pesar del frío. Tranquila a pesar de los nervios. Hermosa a pesar del horror del mundo. Sincera, auténtica. Corrió tras ella aún con la carta en la mano. Cuando logró alcanzarla, ya estaba empapado de agua.

- ¿Por qué me dices esto ahora? ¿Por qué así?

- Porque tenías que saberlo. No pido nada a cambio. Sólo quería que lo supieras. – Las lágrimas rodaban por su mejilla mientras decía estas palabras, pero él no lo supo nunca… Pensó que era la lluvia.

- Sabes que no puedo estar contigo.

- Lo sé.

- Sabes que mi vida es complicada en este instante.

- Lo sé.

- ¿Qué quieres entonces de mí, viniendo en plena tormenta a entregarme esta carta?

Ella le miró a los ojos, temiendo responder.

- Sólo quería verte una última vez. Sólo quería vivir sabiendo que fui sincera, que lo intenté, que nunca me rendí.

- ¿Una última vez? ¿De qué hablas? – Él cada vez se sentía más confuso, no lograba comprender lo que ella estaba diciendo.

- Me marcho a otro lugar. Tú no podrás venir conmigo. No intentes encontrarme, sería un esfuerzo inútil.

- ¿Por qué? ¿Por qué te marchas así? ¿Por qué nunca más podré verte?

- Porque yo elegí volar. Tú elegiste caminar. No podrás tenerme si no vuelas tú también, pero no tienes alas. No quisiste tenerlas.

- No comprendo lo que dices. Afirmas quererme, y ahora quieres alejarte de mí. ¿Qué clase de amor es ese?

- El mío. Pero, ¿por qué tanto interés en comprender un amor que no deseas recibir?

- Tienes razón. Poco me importa lo que hagas con tu vida. O con tus estúpidas ideas sobre fantasías, alas, sueños y volar. Jamás pude comprenderte.

Ella se dio la vuelta, y empezó de nuevo a alejarse. Ya no lloraba. Ahora estaba sonriendo.

Él se quedó parado en mitad de la calle, sabiendo lo que esperaba al final del camino. Un hogar, seguridad, tranquilidad. Su vida. Con los pies en la tierra, como siempre estuvo. Sin sueños extraños, ni fantasías de niña pequeña. Por fin le había dejado las cosas claras a esa niña tonta. Empezó a caminar hacia su casa. Cuando llegó a la puerta, se giró una última vez a contemplarla. Ya no llovía. Un hermoso arcoiris se dibujaba en el cielo. Un arcoiris. Como su sonrisa.

- Ojalá pudiera volar contigo, niña tonta. Pero no tengo alas. Soy demasiado real para poder elevarme. – Pensó, sumido en una angustia que no podía comprender. Él nunca había podido comprender nada de ella.

Tomó de nuevo la carta, y volvió a leer un te quiero humedecido, en un papel rasgado por el peso del agua. Dio la vuelta a la carta, y vio unas alas dibujadas. Ella le estaba liberando de su realidad, le estaba dando la magia que le faltaba. Sus alas.

Corrió tan rápido como pudo, tratando de nuevo de poder alcanzarla. Deseando que no fuese demasiado tarde, que no se hubiese ido. Tras un buen rato corriendo, logró divisar su figura alejándose. Cuando llegó hasta ella, la tomó de la cintura, y la besó en los labios.

- Yo también te quiero. – Mientras estas palabras salían de sus labios, comprendió todo lo que ella decía. Eso era volar, ella era sus alas. Y no quería volver a ser real nunca más. – Gracias por darme alas, niña tonta.

- Yo no te las di. Fue mi amor. Ése que no puedes comprender. Ése que sientes ahora. Ése que siempre tendrás. El amor.



Wendy Moira Angela Darling

30.3.08

Esclavo

Dicen que he nacido esclavo. Pero yo sé que los señores que gobiernan en las tierras que yo trabajo también nacieron entre gritos y sangre. Si les cortas, también sangran. Si les golpeas, les duele. Son seres humanos, igual que yo.

Mis padres vivían en una humilde casita de madera de una sola habitación que hacía las veces de dormitorio y cocina. Mis tres hermanos mayores y yo trabajábamos sin descanso desde la puesta del sol hasta el crepúsculo, tratando de abarcar un trabajo que agotaba nuestras fuerzas hasta dejarnos sin capacidad para hacer nada más. Hasta pensar resultaba agotador, un esfuerzo extraordinario que no podíamos permitirnos. Mi madre trabajaba en la cocina de la gran casa del señor, y además de encargarse de las comidas y del cuidado de los hijos de los nobles que allí vivían, también debía estar pendiente de satisfacer todas las necesidades que pudieran surgirle a su señora. Mi padre se encargaba de todos aquellos trabajos que no abarcábamos mis hermanos, mi madre y yo. Los jóvenes nos dedicábamos al campo y el ganado. Arar la tierra, sembrarla, recoger los frutos cultivados, llevar parte para el señor y vender el resto en el mercado. Por nuestras manos pasaban las monedas de aquellos compradores que adquirían la mercancía que habíamos trabajado con nuestro sudor. Permanecían en nuestro poder el tiempo que tardábamos en entregárselas a nuestro señor, sin quedarnos jamás con nada. No se trataba de honestidad, sino de pragmatismo. ¿Para qué quedarnos las monedas si no se nos permitía comprar? Todos sabían que éramos esclavos, nadie nos habría vendido sus mercancías pues sabían que no debíamos poseer dinero. Por lo tanto, sería absurdo soportar los latigazos del castigo por el robo de unas pocas monedas, si a fin de cuentas no nos servirían para nada.

Cuando aún era un niño y el mundo me sorprendía, solía preguntar a mi madre por qué trabajábamos tanto.

- Porque somos esclavos. – Respondía siempre.

- ¿Y por qué somos esclavos, madre? – Repliqué en una ocasión, sin acabar de convencerme de que su respuesta fuese algo que disipase mis dudas.

- Porque somos hijos de esclavos. Los esclavos engendran esclavos, los nobles engendran nobles. Nuestra vida debe ser destinada a servirles, sin preguntar y sin rechistar. – Pese al deje de amargura que, al crecer, pude notar en su voz, mi madre siempre respondía con toda la convicción de la que era capaz.

Ella quería un mundo seguro para mí, un mundo sin incógnitas. Pero lo cierto es que ni ella misma comprendía todo aquello. Tengo la sensación de que, en el fondo, ella se hacía las mismas preguntas que yo me planteaba. ¿Por qué? La angustia que me provocaba esa pregunta creció conmigo, y me perseguía como un lobo que rondase a su presa en la oscuridad de la noche. ¿Por qué? Era la eterna pregunta.

Varias familias de esclavos trabajaban para el mismo señor que nosotros, desempeñando las mismas funciones en otras tierras. Cuando andaba descargando un pesado costal de trigo en las cocinas de la casa del señor, conocí a una muchacha de piel morena y ojos verdes que ayudaba a mi madre con los hijos de los nobles. En esos momentos, estaba jugueteando con el pequeño de dos años, a quien hacía carantoñas para que riese. Yo tenía doce años, y por primera vez en mi vida pensé que podría ser padre algún día. Y no pude evitar imaginar a esa muchacha haciendo carantoñas a mis hijos, cuidándoles y queriéndoles. Ella se dio cuenta de que la miraba, y se sonrojó y se volvió para que yo no la viese. Mi madre también se dio cuenta, y me echó a gritos de la cocina ordenándome que fuese a trabajar. Pese a sus esfuerzos por mostrarse enfadada conmigo, mi madre no podía evitar sonreír al verme mirando a aquella muchacha.

Sophie era la hija de un corpulento esclavo que araba las tierras de la ladera de la colina, junto con sus otros dos hijos. Era viudo y Sophie era quien cuidaba de su pequeña casa, además de trabajar con mi madre en la casa señorial.

Desde aquel día, Sophie pasó a ser para mí el misterio más apasionante que jamás tuve ante mis ojos. Me ofrecía a transportar yo todos los pesados costales que había que llevar a la cocina, y a hacer todos aquellos trabajos que me permitieran acercarme un poco más a la muchacha. Pronto mis hermanos empezaron a burlarse de mi obsesión, pero no me importó. Pasé dos años enteros sin cruzar jamás una sola palabra con ella, pero aprendí de memoria su cuerpo. Sophie tenía los ojos rasgados y una mirada penetrante que parecía proceder de las profundidades de un bosque, y que llegaba hasta lo más profundo de tu alma. Era como si pudiese leer todos tus secretos, como si al mirarte te estuvieras quedando desnudo y sin poder ocultar tus pensamientos ante ella. Cada vez que ella posaba sus ojos en mí, aunque fuese durante un solo instante, me invadían miles de sensaciones contradictorias, desde el miedo a que adivinase lo que yo estaba pensando, hasta un irrefrenable deseo de que no apartase jamás esos ojos de mí. Solía llevar su negro pelo recogido en una larga trenza que se balanceaba con gracia cada vez que ella caminaba. Pero lo que más me fascinaba de ella era su sonrisa, cálida, tímida, y sincera.

La primera vez que hablamos me encontraba descargando costales en la cocina, y ella trataba de alcanzar unas vasijas que colgaban de la pared.

- ¿Puedo ayudarte? – Pregunté sin poder evitar observar su figura mientras se estiraba para intentar coger las vasijas.

- Sí, por favor, están demasiado altas. – Respondió, mirándome con una mezcla de agradecimiento y frustración por no ser capaz de hacerlo por sí sola.

Me acerqué a ella, y tomé la vasija que había estado intentando alcanzar. Estaba muy cerca de mí, olía a flores y especias, y su respiración estaba tan agitada como la mía. Le entregué la vasija y, tratando de alargar un poco más ese momento, le pregunté:

- ¿Para qué la querías? Pensé que estas vasijas nunca se usaban.

- No. No suelen usarse. Pero he de ir a por agua al río, y no encuentro la otra más pequeña. – Respondió, como si fuese lo más normal del mundo que estuviésemos conversando.

- Pero cuando llenes esta vasija de agua, pesará demasiado. Es bastante grande. ¿Quieres que vaya yo? – Me ofrecí, sin poder imaginar sus delgados brazos sosteniendo aquel pesado cántaro lleno de agua.

- No te preocupes, podré arreglarme. – Su voz no sonaba en absoluto convencida.

- Deja que lo haga, no tardaré nada y seguro que tienes más cosas que hacer. Ya me encargaré luego de mis obligaciones. – Dije, contento por poder hacer algo por ella, y cogiendo el cántaro me dirigí al río como si aquello fuese lo más fascinante que había hecho en mi vida.

A partir de ese día, hablábamos algo más. Al menos, nos saludábamos cada vez que nos veíamos, y de vez en cuando la ayudaba con sus tareas cuando éstas eran demasiado duras para ella. Trabajaba más, pero su voz al saludarme y su sonrisa de gratitud cuando la ayudaba a cargar con fardos de ropa mojada que traía limpia del río eran suficiente pago por mi trabajo.

Con el tiempo nos fuimos haciendo grandes amigos, y al cabo de un año me atreví a besarla por primera vez. Por aquel entonces ella tenía 13 años, y yo ya había cumplido los 15. Estábamos en los establos, ella daba de comer a los caballos y yo estaba cargando paja que habían traído mis hermanos en una carreta. Tropecé con ella por accidente, pues casi no veía por dónde andaba cuando iba cargado con la paja, y cayó al suelo. Al ayudarla a levantarse, no pude evitar aprovechar el contacto físico para abrazarla. Parecía tan pequeña e indefensa entre mis brazos, que sentí un deseo irrefrenable de protegerla. Sentí que tenía fuerzas para doblegar a todos los caballos del establo sólo con mi dedo meñique. Acerqué lentamente mis labios a los suyos, y cerrando los ojos la besé. Su boca sabía a frutas, y sus labios eran suaves y cálidos.

Los años fueron pasando, y Sophie y yo nos las apañábamos para pasar cada segundo que teníamos disponible juntos. Nos besábamos a escondidas, y hacíamos el amor en el río cada vez que ella debía adentrarse en el bosque para lavar la ropa. Nada parecía faltarnos, pese a nuestra vida de siervos, éramos felices. Pero no todo podía ser tan mágico, y pronto empezaron a surgir los problemas. Uno de los pequeños del señor de las tierras, que ya tenía 9 años, nos encontró a Sophie y a mí en el río una tarde, cuando había salido a jugar, y se lo contó a sus padres. No nos dijeron nada, pero las tareas de Sophie fueron cada vez más, no tenía un solo segundo libre. Una noche, era ya bastante tarde, se presentó en nuestra casa con el rostro bañado en lágrimas y se lanzó a mis brazos sin importarle quién estuviese delante, para asombro de mis padres y mis hermanos. Me contó que el señor la había mandado llamar, y que la había forzado a desnudarse y la había tocado por todo el cuerpo, golpeándola cada vez que ella protestaba. Nos fuimos a pasear, para que pudiera hablar y desahogarse sin la presencia de mi familia. Yo sentía como la ira crecía en mi interior a cada palabra que ella pronunciaba, era como un fuego que brotase de lo más hondo de mi ser y me estuviese quemando por dentro. Pronto comprendí que lo que sentía era una terrible sed… de sangre. Quería ver sufrir a ese hombre, quería humillarle y hacerle sufrir lo que Sophie había sufrido. Y todas las preguntas de mi infancia me volvieron a la mente, especialmente aquella que siempre me había atormentado: ¿por qué?

Sophie era una mujer realmente atractiva, y comprendía el deseo de aquel despreciable ser que la había forzado. Y, lo más triste de todo, comprendí que de haber pensado él que ella era una niña aún, no se habría comportado de esa forma. El haber descubierto que ella y yo hacíamos el amor en el río, cuando se lo contó su hijo, fue lo que le abrió los ojos y le hizo dejar de verla como a una niña, y pasar a verla como una mujer. Y una mujer realmente deseable. Nada en el mundo justificaba su acción, pero ella era sólo una esclava, igual que yo. Sin derechos. Sin poder. Sin nada.

Durante bastante tiempo estuvo ese despreciable ser llamando a Sophie a sus aposentos, para obligarla a desnudarse y tocarla. No la violaba, probablemente no quería arriesgarse a concebir un hijo con una esclava, a pesar de que no habría tenido más que negarlo y nadie le habría acusado de nada. Sin embargo, la humillación constante de Sophie por verse obligada a mostrar su joven cuerpo a un hombre tan mayor que se tocaba mientras la miraba desnuda me comía por dentro. Y cada vez que eso ocurría, Sophie corría llorando a mis brazos, buscando el amor que la hiciera sentirse algo más que un simple objeto, una simple posesión. Buscaba mi amor, para que la hiciera sentir alguien que merecía respeto y cariño.

A penas habían pasado unos meses cuando, llevando mercancías por la casa, pasé cerca de las habitaciones del noble y escuché el llanto de Sophie. No fui capaz de resignarme, de contenerme como mis padres me habían suplicado que hiciera. Entré en la sala y allí estaba Sophie, desnuda, indefensa, siendo manoseada por ese asqueroso hombre. Me acerqué corriendo y le golpeé con todas mis fuerzas. Con toda la rabia de años de esclavitud y resignación acumuladas. Con toda la fuerza de años de arduos trabajos bajo su mandato. Él cayó inconsciente, no había podido reaccionar. Envolví a Sophie con una manta y nos marchamos de allí. Yo sabía que recibiría un duro castigo, probablemente la muerte, pero no pensaba permitir que ella sufriese eso ni un solo día más.

Dejé a Sophie en su casa y tracé mi plan, queriendo adelantarme a la muerte segura que me darían en cuanto el noble despertase. Debía reunir a todos los esclavos, todos lucharíamos contra él y los suyos. Estaba harto. No deberíamos temer a los nobles, éramos muchos más, y muchos más fuertes. ¿Por qué entonces nos mantenían callados y sumisos? Entonces, después de tantos años, comprendí que la respuesta a mi eterna pregunta había hallado respuesta al fin: Por resignación. Mi madre, desde que era pequeño, me había dicho que éramos esclavos y que debíamos aceptarlo sin rechistar. Igual que a ella le dijeron de pequeña, igual que le dijeron a sus padres también. Igual que todos habíamos aprendido desde la cuna.

Fui de casa en casa buscando hombres valientes que luchasen a mi lado, y no encontré más que temor y resignación. Pasé la noche entera hablando con unos y otros, tratando de convencerles de que no podían permitir que sus hijas y esposas sufriesen esas humillaciones, que no podían seguir trabajando a cambio de nada, que no podían seguir así.

- Somos hombres, hijos del mismo dios que ellos. Y por ese dios juro que no viviré ni un solo minuto más postrado a los pies de un amo. Prefiero morir, a vivir siendo un esclavo. No son invencibles. Son hombres, igual que nosotros. Sólo eso. Y si nosotros estamos dispuestos a combatir, yo os demostraré que ellos también pueden sangrar, que ellos también tendrán miedo, que ellos también pueden morir. Y cuando os vean frente a ellos, dispuestos a morir luchando, veréis que de sus ojos se escapa toda altivez, para dejar paso a la gran nube negra del temor. ¿Acaso no queréis ser hombres libres?

Decenas de esclavos esperaban a las puertas de la gran casa, frente a los hombres de armas del lugar. Mientras ellos esperaban para obtener su libertad o morir en el intento, las mujeres recogían sus escasas pertenencias y, robando los caballos de los establos, se marchaban con sus hijos pequeños hacia el bosque. Dudando entre defenderse de los hombres, o perseguir a las mujeres, los nobles y sus caballeros estaban totalmente desconcertados ante la situación.

- Os lo dije. Ahora es cuando podéis verlo. Mirad a sus ojos, y regodeaos en su miedo. Están aterrados. ¿Sabéis por qué? – Grité, con todas mis fuerzas, a aquellos hombres que me seguían - ¡¡ Porque saben que van a morir a manos de sus esclavos !!

- ¡A por ellos! – Gritaron algunos.

- ¡A muerte! – Gritaron otros.

- No tendremos piedad con vosotros, y lo sabéis – pensé yo.

La batalla fue una verdadera carnicería. Muchos esclavos murieron tratando de luchar contra hombres mejor entrenados, pero las bajas de nuestro lado fueron muchas menos que las del lado contrario. En mitad de la refriega, casi podías oler el miedo del enemigo, se palpaba en el ambiente el calor que desprendían nuestros cuerpos mientras empuñábamos con fuerza nuestras herramientas, armas improvisadas. La sangre salpicaba en nuestros rostros, dándonos un aspecto realmente fiero. No teníamos miedo. No teníamos nada que perder, sólo podíamos salir ganando con aquella lucha. Era sólo una batalla, pero era decisiva. No habría guerra, porque nada terminaría hasta que el otro bando se rindiese… O muriese. Y nosotros no nos íbamos a rendir. Luchábamos codo con codo, aunando nuestras fuerzas. En esos momentos era consciente de cada músculo de mi cuerpo, y todos aquellos años de pesadas cargas sobre mis hombros hacían que cada golpe que otorgase fuese letal. Entre todos aquellos hombres, vi al noble que había osado tocar el cuerpo de Sophie. Corrí hacia él, el aire en mis pulmones era como un elixir de vida eterna. Blandiendo mi guadaña corrí sin detenerme, sin importar a quién pisaba en el camino. Corrí, él aún no me había visto. Me estaba acercando, sintió mi presencia. Pero la sintió demasiado tarde. La sangre me golpeó en los brazos, el pecho y el rostro cuando hundí mi guadaña en su cuello. Saboreé un segundo de gloria, de libertad. El segundo que precedió a aquel terrible dolor. Más fuerte que cualquier cosa que antes hubiese sentido. Miré hacia abajo, y vi la punta de la espada que sobresalía por mi estómago. Alguien me la había hundido en la espalda. Cuando retiró su espada para seguir luchando, sentí que se llevaba mi vida prendida de esa espada. Mi alma estaba impresa en esa hoja, unida mi sangre a la de tantos otros. Caí al suelo. Parecía que no habían pasado más que unos pocos segundos, cuando un ángel se me apareció. Era Sophie. Estaba llorando.

- No te mueras, ahora no. Por fin tienes lo que siempre quisiste, lo habéis conseguido. Habéis ganado. No me dejes.

- Nadie volverá a humillarte, Sophie. Podrás volver a amar, y cuando te entregues a alguien, que sea porque así lo deseas tú. Nadie volverá a decidir por ti. – Conseguí articular unas pocas palabras, mientras me desangraba lentamente.

- No nos dejes, vas a ser padre, amor, padre. No quise decírtelo, no sabía cuál sería tu reacción. No puedes irte de mi lado, vamos a tener un hijo. – Sophie lloraba, tendida sobre mí, abrazándome, tratando de presionar mi herida y detener la hemorragia. - ¿Qué le diré a nuestro hijo? ¿Por qué va a crecer sin su padre?

- Dile a nuestro hijo que su padre nació esclavo, y murió libre. Recuérdale cada día, sin excepción, que ha nacido libre.

Wendy Moira Angela Darling.