Dicen que he nacido esclavo. Pero yo sé que los señores que gobiernan en las tierras que yo trabajo también nacieron entre gritos y sangre. Si les cortas, también sangran. Si les golpeas, les duele. Son seres humanos, igual que yo.
Mis padres vivían en una humilde casita de madera de una sola habitación que hacía las veces de dormitorio y cocina. Mis tres hermanos mayores y yo trabajábamos sin descanso desde la puesta del sol hasta el crepúsculo, tratando de abarcar un trabajo que agotaba nuestras fuerzas hasta dejarnos sin capacidad para hacer nada más. Hasta pensar resultaba agotador, un esfuerzo extraordinario que no podíamos permitirnos. Mi madre trabajaba en la cocina de la gran casa del señor, y además de encargarse de las comidas y del cuidado de los hijos de los nobles que allí vivían, también debía estar pendiente de satisfacer todas las necesidades que pudieran surgirle a su señora. Mi padre se encargaba de todos aquellos trabajos que no abarcábamos mis hermanos, mi madre y yo. Los jóvenes nos dedicábamos al campo y el ganado. Arar la tierra, sembrarla, recoger los frutos cultivados, llevar parte para el señor y vender el resto en el mercado. Por nuestras manos pasaban las monedas de aquellos compradores que adquirían la mercancía que habíamos trabajado con nuestro sudor. Permanecían en nuestro poder el tiempo que tardábamos en entregárselas a nuestro señor, sin quedarnos jamás con nada. No se trataba de honestidad, sino de pragmatismo. ¿Para qué quedarnos las monedas si no se nos permitía comprar? Todos sabían que éramos esclavos, nadie nos habría vendido sus mercancías pues sabían que no debíamos poseer dinero. Por lo tanto, sería absurdo soportar los latigazos del castigo por el robo de unas pocas monedas, si a fin de cuentas no nos servirían para nada.
Cuando aún era un niño y el mundo me sorprendía, solía preguntar a mi madre por qué trabajábamos tanto.
- Porque somos esclavos. – Respondía siempre.
- ¿Y por qué somos esclavos, madre? – Repliqué en una ocasión, sin acabar de convencerme de que su respuesta fuese algo que disipase mis dudas.
- Porque somos hijos de esclavos. Los esclavos engendran esclavos, los nobles engendran nobles. Nuestra vida debe ser destinada a servirles, sin preguntar y sin rechistar. – Pese al deje de amargura que, al crecer, pude notar en su voz, mi madre siempre respondía con toda la convicción de la que era capaz.
Ella quería un mundo seguro para mí, un mundo sin incógnitas. Pero lo cierto es que ni ella misma comprendía todo aquello. Tengo la sensación de que, en el fondo, ella se hacía las mismas preguntas que yo me planteaba. ¿Por qué? La angustia que me provocaba esa pregunta creció conmigo, y me perseguía como un lobo que rondase a su presa en la oscuridad de la noche. ¿Por qué? Era la eterna pregunta.
Varias familias de esclavos trabajaban para el mismo señor que nosotros, desempeñando las mismas funciones en otras tierras. Cuando andaba descargando un pesado costal de trigo en las cocinas de la casa del señor, conocí a una muchacha de piel morena y ojos verdes que ayudaba a mi madre con los hijos de los nobles. En esos momentos, estaba jugueteando con el pequeño de dos años, a quien hacía carantoñas para que riese. Yo tenía doce años, y por primera vez en mi vida pensé que podría ser padre algún día. Y no pude evitar imaginar a esa muchacha haciendo carantoñas a mis hijos, cuidándoles y queriéndoles. Ella se dio cuenta de que la miraba, y se sonrojó y se volvió para que yo no la viese. Mi madre también se dio cuenta, y me echó a gritos de la cocina ordenándome que fuese a trabajar. Pese a sus esfuerzos por mostrarse enfadada conmigo, mi madre no podía evitar sonreír al verme mirando a aquella muchacha.
Sophie era la hija de un corpulento esclavo que araba las tierras de la ladera de la colina, junto con sus otros dos hijos. Era viudo y Sophie era quien cuidaba de su pequeña casa, además de trabajar con mi madre en la casa señorial.
Desde aquel día, Sophie pasó a ser para mí el misterio más apasionante que jamás tuve ante mis ojos. Me ofrecía a transportar yo todos los pesados costales que había que llevar a la cocina, y a hacer todos aquellos trabajos que me permitieran acercarme un poco más a la muchacha. Pronto mis hermanos empezaron a burlarse de mi obsesión, pero no me importó. Pasé dos años enteros sin cruzar jamás una sola palabra con ella, pero aprendí de memoria su cuerpo. Sophie tenía los ojos rasgados y una mirada penetrante que parecía proceder de las profundidades de un bosque, y que llegaba hasta lo más profundo de tu alma. Era como si pudiese leer todos tus secretos, como si al mirarte te estuvieras quedando desnudo y sin poder ocultar tus pensamientos ante ella. Cada vez que ella posaba sus ojos en mí, aunque fuese durante un solo instante, me invadían miles de sensaciones contradictorias, desde el miedo a que adivinase lo que yo estaba pensando, hasta un irrefrenable deseo de que no apartase jamás esos ojos de mí. Solía llevar su negro pelo recogido en una larga trenza que se balanceaba con gracia cada vez que ella caminaba. Pero lo que más me fascinaba de ella era su sonrisa, cálida, tímida, y sincera.
La primera vez que hablamos me encontraba descargando costales en la cocina, y ella trataba de alcanzar unas vasijas que colgaban de la pared.
- ¿Puedo ayudarte? – Pregunté sin poder evitar observar su figura mientras se estiraba para intentar coger las vasijas.
- Sí, por favor, están demasiado altas. – Respondió, mirándome con una mezcla de agradecimiento y frustración por no ser capaz de hacerlo por sí sola.
Me acerqué a ella, y tomé la vasija que había estado intentando alcanzar. Estaba muy cerca de mí, olía a flores y especias, y su respiración estaba tan agitada como la mía. Le entregué la vasija y, tratando de alargar un poco más ese momento, le pregunté:
- ¿Para qué la querías? Pensé que estas vasijas nunca se usaban.
- No. No suelen usarse. Pero he de ir a por agua al río, y no encuentro la otra más pequeña. – Respondió, como si fuese lo más normal del mundo que estuviésemos conversando.
- Pero cuando llenes esta vasija de agua, pesará demasiado. Es bastante grande. ¿Quieres que vaya yo? – Me ofrecí, sin poder imaginar sus delgados brazos sosteniendo aquel pesado cántaro lleno de agua.
- No te preocupes, podré arreglarme. – Su voz no sonaba en absoluto convencida.
- Deja que lo haga, no tardaré nada y seguro que tienes más cosas que hacer. Ya me encargaré luego de mis obligaciones. – Dije, contento por poder hacer algo por ella, y cogiendo el cántaro me dirigí al río como si aquello fuese lo más fascinante que había hecho en mi vida.
A partir de ese día, hablábamos algo más. Al menos, nos saludábamos cada vez que nos veíamos, y de vez en cuando la ayudaba con sus tareas cuando éstas eran demasiado duras para ella. Trabajaba más, pero su voz al saludarme y su sonrisa de gratitud cuando la ayudaba a cargar con fardos de ropa mojada que traía limpia del río eran suficiente pago por mi trabajo.
Con el tiempo nos fuimos haciendo grandes amigos, y al cabo de un año me atreví a besarla por primera vez. Por aquel entonces ella tenía 13 años, y yo ya había cumplido los 15. Estábamos en los establos, ella daba de comer a los caballos y yo estaba cargando paja que habían traído mis hermanos en una carreta. Tropecé con ella por accidente, pues casi no veía por dónde andaba cuando iba cargado con la paja, y cayó al suelo. Al ayudarla a levantarse, no pude evitar aprovechar el contacto físico para abrazarla. Parecía tan pequeña e indefensa entre mis brazos, que sentí un deseo irrefrenable de protegerla. Sentí que tenía fuerzas para doblegar a todos los caballos del establo sólo con mi dedo meñique. Acerqué lentamente mis labios a los suyos, y cerrando los ojos la besé. Su boca sabía a frutas, y sus labios eran suaves y cálidos.
Los años fueron pasando, y Sophie y yo nos las apañábamos para pasar cada segundo que teníamos disponible juntos. Nos besábamos a escondidas, y hacíamos el amor en el río cada vez que ella debía adentrarse en el bosque para lavar la ropa. Nada parecía faltarnos, pese a nuestra vida de siervos, éramos felices. Pero no todo podía ser tan mágico, y pronto empezaron a surgir los problemas. Uno de los pequeños del señor de las tierras, que ya tenía 9 años, nos encontró a Sophie y a mí en el río una tarde, cuando había salido a jugar, y se lo contó a sus padres. No nos dijeron nada, pero las tareas de Sophie fueron cada vez más, no tenía un solo segundo libre. Una noche, era ya bastante tarde, se presentó en nuestra casa con el rostro bañado en lágrimas y se lanzó a mis brazos sin importarle quién estuviese delante, para asombro de mis padres y mis hermanos. Me contó que el señor la había mandado llamar, y que la había forzado a desnudarse y la había tocado por todo el cuerpo, golpeándola cada vez que ella protestaba. Nos fuimos a pasear, para que pudiera hablar y desahogarse sin la presencia de mi familia. Yo sentía como la ira crecía en mi interior a cada palabra que ella pronunciaba, era como un fuego que brotase de lo más hondo de mi ser y me estuviese quemando por dentro. Pronto comprendí que lo que sentía era una terrible sed… de sangre. Quería ver sufrir a ese hombre, quería humillarle y hacerle sufrir lo que Sophie había sufrido. Y todas las preguntas de mi infancia me volvieron a la mente, especialmente aquella que siempre me había atormentado: ¿por qué?
Sophie era una mujer realmente atractiva, y comprendía el deseo de aquel despreciable ser que la había forzado. Y, lo más triste de todo, comprendí que de haber pensado él que ella era una niña aún, no se habría comportado de esa forma. El haber descubierto que ella y yo hacíamos el amor en el río, cuando se lo contó su hijo, fue lo que le abrió los ojos y le hizo dejar de verla como a una niña, y pasar a verla como una mujer. Y una mujer realmente deseable. Nada en el mundo justificaba su acción, pero ella era sólo una esclava, igual que yo. Sin derechos. Sin poder. Sin nada.
Durante bastante tiempo estuvo ese despreciable ser llamando a Sophie a sus aposentos, para obligarla a desnudarse y tocarla. No la violaba, probablemente no quería arriesgarse a concebir un hijo con una esclava, a pesar de que no habría tenido más que negarlo y nadie le habría acusado de nada. Sin embargo, la humillación constante de Sophie por verse obligada a mostrar su joven cuerpo a un hombre tan mayor que se tocaba mientras la miraba desnuda me comía por dentro. Y cada vez que eso ocurría, Sophie corría llorando a mis brazos, buscando el amor que la hiciera sentirse algo más que un simple objeto, una simple posesión. Buscaba mi amor, para que la hiciera sentir alguien que merecía respeto y cariño.
A penas habían pasado unos meses cuando, llevando mercancías por la casa, pasé cerca de las habitaciones del noble y escuché el llanto de Sophie. No fui capaz de resignarme, de contenerme como mis padres me habían suplicado que hiciera. Entré en la sala y allí estaba Sophie, desnuda, indefensa, siendo manoseada por ese asqueroso hombre. Me acerqué corriendo y le golpeé con todas mis fuerzas. Con toda la rabia de años de esclavitud y resignación acumuladas. Con toda la fuerza de años de arduos trabajos bajo su mandato. Él cayó inconsciente, no había podido reaccionar. Envolví a Sophie con una manta y nos marchamos de allí. Yo sabía que recibiría un duro castigo, probablemente la muerte, pero no pensaba permitir que ella sufriese eso ni un solo día más.
Dejé a Sophie en su casa y tracé mi plan, queriendo adelantarme a la muerte segura que me darían en cuanto el noble despertase. Debía reunir a todos los esclavos, todos lucharíamos contra él y los suyos. Estaba harto. No deberíamos temer a los nobles, éramos muchos más, y muchos más fuertes. ¿Por qué entonces nos mantenían callados y sumisos? Entonces, después de tantos años, comprendí que la respuesta a mi eterna pregunta había hallado respuesta al fin: Por resignación. Mi madre, desde que era pequeño, me había dicho que éramos esclavos y que debíamos aceptarlo sin rechistar. Igual que a ella le dijeron de pequeña, igual que le dijeron a sus padres también. Igual que todos habíamos aprendido desde la cuna.
Fui de casa en casa buscando hombres valientes que luchasen a mi lado, y no encontré más que temor y resignación. Pasé la noche entera hablando con unos y otros, tratando de convencerles de que no podían permitir que sus hijas y esposas sufriesen esas humillaciones, que no podían seguir trabajando a cambio de nada, que no podían seguir así.
- Somos hombres, hijos del mismo dios que ellos. Y por ese dios juro que no viviré ni un solo minuto más postrado a los pies de un amo. Prefiero morir, a vivir siendo un esclavo. No son invencibles. Son hombres, igual que nosotros. Sólo eso. Y si nosotros estamos dispuestos a combatir, yo os demostraré que ellos también pueden sangrar, que ellos también tendrán miedo, que ellos también pueden morir. Y cuando os vean frente a ellos, dispuestos a morir luchando, veréis que de sus ojos se escapa toda altivez, para dejar paso a la gran nube negra del temor. ¿Acaso no queréis ser hombres libres?
Decenas de esclavos esperaban a las puertas de la gran casa, frente a los hombres de armas del lugar. Mientras ellos esperaban para obtener su libertad o morir en el intento, las mujeres recogían sus escasas pertenencias y, robando los caballos de los establos, se marchaban con sus hijos pequeños hacia el bosque. Dudando entre defenderse de los hombres, o perseguir a las mujeres, los nobles y sus caballeros estaban totalmente desconcertados ante la situación.
- Os lo dije. Ahora es cuando podéis verlo. Mirad a sus ojos, y regodeaos en su miedo. Están aterrados. ¿Sabéis por qué? – Grité, con todas mis fuerzas, a aquellos hombres que me seguían - ¡¡ Porque saben que van a morir a manos de sus esclavos !!
- ¡A por ellos! – Gritaron algunos.
- ¡A muerte! – Gritaron otros.
- No tendremos piedad con vosotros, y lo sabéis – pensé yo.
La batalla fue una verdadera carnicería. Muchos esclavos murieron tratando de luchar contra hombres mejor entrenados, pero las bajas de nuestro lado fueron muchas menos que las del lado contrario. En mitad de la refriega, casi podías oler el miedo del enemigo, se palpaba en el ambiente el calor que desprendían nuestros cuerpos mientras empuñábamos con fuerza nuestras herramientas, armas improvisadas. La sangre salpicaba en nuestros rostros, dándonos un aspecto realmente fiero. No teníamos miedo. No teníamos nada que perder, sólo podíamos salir ganando con aquella lucha. Era sólo una batalla, pero era decisiva. No habría guerra, porque nada terminaría hasta que el otro bando se rindiese… O muriese. Y nosotros no nos íbamos a rendir. Luchábamos codo con codo, aunando nuestras fuerzas. En esos momentos era consciente de cada músculo de mi cuerpo, y todos aquellos años de pesadas cargas sobre mis hombros hacían que cada golpe que otorgase fuese letal. Entre todos aquellos hombres, vi al noble que había osado tocar el cuerpo de Sophie. Corrí hacia él, el aire en mis pulmones era como un elixir de vida eterna. Blandiendo mi guadaña corrí sin detenerme, sin importar a quién pisaba en el camino. Corrí, él aún no me había visto. Me estaba acercando, sintió mi presencia. Pero la sintió demasiado tarde. La sangre me golpeó en los brazos, el pecho y el rostro cuando hundí mi guadaña en su cuello. Saboreé un segundo de gloria, de libertad. El segundo que precedió a aquel terrible dolor. Más fuerte que cualquier cosa que antes hubiese sentido. Miré hacia abajo, y vi la punta de la espada que sobresalía por mi estómago. Alguien me la había hundido en la espalda. Cuando retiró su espada para seguir luchando, sentí que se llevaba mi vida prendida de esa espada. Mi alma estaba impresa en esa hoja, unida mi sangre a la de tantos otros. Caí al suelo. Parecía que no habían pasado más que unos pocos segundos, cuando un ángel se me apareció. Era Sophie. Estaba llorando.
- No te mueras, ahora no. Por fin tienes lo que siempre quisiste, lo habéis conseguido. Habéis ganado. No me dejes.
- Nadie volverá a humillarte, Sophie. Podrás volver a amar, y cuando te entregues a alguien, que sea porque así lo deseas tú. Nadie volverá a decidir por ti. – Conseguí articular unas pocas palabras, mientras me desangraba lentamente.
- No nos dejes, vas a ser padre, amor, padre. No quise decírtelo, no sabía cuál sería tu reacción. No puedes irte de mi lado, vamos a tener un hijo. – Sophie lloraba, tendida sobre mí, abrazándome, tratando de presionar mi herida y detener la hemorragia. - ¿Qué le diré a nuestro hijo? ¿Por qué va a crecer sin su padre?
- Dile a nuestro hijo que su padre nació esclavo, y murió libre. Recuérdale cada día, sin excepción, que ha nacido libre.
Wendy Moira Angela Darling.