Bailaban casi sin rozarse al compás de una música que nadie compuso para ellos. En el salón de baile, varias parejas charlaban y reían. Algunas damas sonreían tímidamente, mientras los caballeros las miraban tal vez más de la cuenta. Ninguna mano bajaba de la cintura. Ninguna mirada se mantenía más del tiempo máximo establecido. Ellos dos bailaban, y a simple vista parecían como cualquier otra pareja. Pero no charlaban, y no reían. Una sonrisa cortés y esperemos que cese pronto el piano. La pieza continúa sonando, ellos no equivocan ni un paso. La noche llegó hace tiempo, y las velas iluminan suavemente la estancia dándole a todo un toque dorado. Bailan con la elegancia propia de su clase, con la serenidad propia de los años, con la apatía de quien considera ese baile un ritual absurdo. Bailan, sus cuellos bien estirados y el vestido de la dama ondeando alrededor del caballero. Sin rozarle, nada está fuera de su lugar. Ni siquiera un solo pelo de su larga cabellera. Todo ha de ser perfecto. El piano finalmente cesa. Una breve mirada, una sonrisa cortés y una elegante reverencia. “Un placer bailar con vos”. “Lo mismo os digo”. “Si me disculpáis, he de atender otros asuntos”. “Por supuesto, señora”. Y cada uno se gira hacia un lado de la sala, y desaparecen entre parejas que se deleitan con la siguiente pieza interpretada al piano.El baile dura hasta bien entrada la noche, y todos se retiran a sus habitaciones, o se marchan a su casas.… Y en una habitación.- Buenas noches, señora.- Buenas noches.- ¿Qué os trae por aquí?- El amor.- Ya me parecía.- Habéis bailado muy bien esta noche.- Con vos es imposible bailar mal. Poseéis un talento innato. De cualquier modo, bien sabéis que sólo interpretaba mi papel de buen amigo.- Lo sé.- ¿Dónde está vuestro marido?- Partió hace unas horas, debía atender asuntos en la ciudad.- ¿Y os dejó sola?- A vuestro cuidado.- No puedo decepcionarle, pues.- Eso me temo, habréis de cuidarme bien. Confío en no ser una molestia.- En absoluto, señora.Él la arropaba con sus caricias. Ella le arropaba con sus besos. Y, por unas horas, son libres. No han de interpretar papeles de inocencia, elegancia e indiferencia. Aquí no importan las maneras. Solos, en la habitación, amándose en la cama con la luna por testigo de una pasión que a todas horas han de refrenar. Pero no ahora, no en ese momento. El sol es su juez, pero mientras dure la noche, sólo importan ella y él. Y juegan como niños a quererse entre gemidos hasta el amanecer.Porque ser libre es poder elegir.
Wendy Moira Angela Darling.
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