Arrancando notas de su viejo violín, repasaba lentamente sus sueños rotos. Recordaba aquellas tardes de infancia en las que jugaba sin mayor preocupación que ser el primero en trepar al árbol. Cansado, sucio y feliz. Protegido de la realidad por aquellos que creaban un mundo seguro para él. Sus padres. Aquellos que le criaron. Dos hombres que lucharon con uñas y dientes por lograr el derecho de cuidarle. Dos hombres que le salvaron de vivir con unos progenitores que le abandonaron a su suerte siendo sólo un bebé. Dos hombres que, marginados por la sociedad, nunca dejaron que su hijo viera desesperación o tristeza en el mundo.
Arrancando notas de su viejo violín, repasaba lentamente sus sueños rotos. Recordaba aquellas noches de amor, junto a la mujer a la que quiso más que a nada. Junto a esa mujer que ya no estaba. Noches en las que se sentaban el uno junto al otro, a contemplar las estrellas bebiendo una copa de vino, y compartían sus sueños, ilusiones, esperanzas. Aquella mujer que le hizo sentir hombre. Aquella a la que quiso proteger de todo, incluso de la muerte. Rasgaba con furia su viejo violín reviviendo la impotencia de ser un débil rival para la parca, que se la llevó. Era tan injusto.
Arrancando notas de su viejo violín, repasaba lentamente sus sueños rotos. Recordaba a esa niña de ojos tristes que preguntaba por su madre. Una niña a la que no sabía cómo devolver la sonrisa. Su hija. Sola en la agonía de añorar a quien casi no pudo conocer. Un violinista que es un padre desgarrado por el dolor. Un violinista que agoniza en una muerte ajena.
Arrancando notas de su viejo violín, repasaba lentamente sus sueños rotos. Recordaba aquellas promesas que no se veía capaz de cumplir, promesas de un lecho de muerte. Promesas de nuevos amores, promesas de nueva vida, promesas de esperanza, promesas de felicidad.
Arrancando notas de su viejo violín, repasaba lentamente sus sueños rotos. Recordaba a la niña que, en ese instante, le contemplaba desde la puerta. La niña que fue a acurrucarse junto a él. Su único amor. Su hija. Que, por primera vez en mucho tiempo, regaló una sonrisa al agonizante violinista. La niña que le hizo recuperar la esperanza, sus sueños rotos.
Arrancando notas de su viejo violín, reconstruyó junto a su niña todo un mundo de sueños por cumplir. Por ella. Para ella. Junto a ella.
Dreaming in Neverland.
Wendy Moira Ángela Darling.
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