10.4.08

Dormir

Lejana en el tiempo quedó ya la historia. Lejana en el tiempo, lejos ya de la memoria. Lejos de aquellos ojos que pudieron contemplar el milagro de vivir, de su vida. Una vida que no marcó un antes y un después, pero pudo haberlo hecho. Lo merecía. No hubo espacio para el llanto, no hubo espacio para nada. Suele ocurrir cuando el amor surge de una batalla.

Como Romeo y Julieta, como tantas otras parejas. No se trata de literatura, es la vida. Todo es siempre tan difícil. Y si no lo es, lo complicamos para que lo sea. Como hicieron ellos, como la historia cuenta.

La lluvia azota con fuerza al caballo y al jinete. Amanece con calma, el sol está perezoso y no se quiere levantar de su lecho. Las olas del mar golpeando el acantilado susurran canciones de tiempos pasados. Su espada ensangrentada es lo único que le hace recordar la guerra que deja atrás. Un reguero de muerte allí por donde pasó, es un héroe y él se siente un perdedor. Su amante, su reina, su amor. Es lo único que le hace mantener la vista al frente, soportar sin quejarse tanto dolor. Hay quien dice soñar despierto, pero él tiene pesadillas. Y recuerda en cada paso las miradas de terror de los enemigos que cayeron bajo la fiereza de su acero. No hubo piedad. No, señor, no la hubo. No había espacio para ello. Piensa en su reina, buscando en su recuerdo ese remanso de paz que pueda permitirle contener las inmensas ganas de llorar. Una guerra… Por ella. Tantas muertes… Por ella. Desafió al más poderoso rey… Por ella. Y por ella regresa, cubierto de sangre, herida su alma, pero regresa. Sus soldados festejan la victoria, pero él sólo piensa en regresar deprisa, junto a ella. Deja a sus hombres atrás, y parte bajo la incesante lluvia hacia sus tierras. Ya se acerca, falta menos. Ya se divisa el castillo a lo lejos. Sus bosques mecidos por el viento parecen darle la bienvenida.

Deja el caballo en el establo, y corre a ver su reina. “En sus aposentos, mi rey”. Tan hermosa como siempre. Le sonríe al verle. Se besan, se abrazan. Derrochan el resto del día hablando y paseando, anhelando la llegada de la noche para retirarse a dormir juntos. Hacen el amor, como la primera vez. Llevan tanto sin verse… Y se duermen juntos, con los cuerpos entrelazados, con los corazones latiendo al mismo ritmo. Duermen, disfrutando del reposo de la noche, sin preocupaciones ni miedos. Sin malos recuerdos. Sin constantes sobresaltos. Duermen, tranquilos, felices, juntos.

El rey despierta, no sabe dónde está, pero ha escuchado a una mujer gritar. Sólo ve fría piedra a su alrededor, y dos hombres armados le miran con una sonrisa. “¿Escucháis eso, señor? Son los gritos de ‘vuestra’ reina. Ha sido devuelta a su esposo.” Trata de librarse de las cadenas que le aprisionan. A lo lejos ve llegar a su amor, sujeta por dos hombres de armas. Su marido va detrás, con una espada en las manos. “Mira, mi reina, lo que espera a quien osa enfrentarse a mí. Despídete de él”. La espada se hundió en su pecho, pero no sintió dolor. Nada físico podía compararse al daño que le había causado el saber que sólo soñaba que la tenía, que salían victoriosos, que realmente podrían ser felices juntos. Tal vez sea mejor morir para seguir soñando, que vivir sabiendo que ella jamás será suya. Afortunado él, que dormirá para siempre. Ella vive, con la tortura de no poder tenerle, deseando que llegue el momento en que cierre los ojos y puedan estar de nuevo juntos, como en su sueño. ¿Qué importan la vida o la muerte? Sin amor, ninguna vale la pena.



Vacía está la vida sin el amor, no es más que una pesadilla. Bienvenido sea el sueño eterno, si en la muerte podemos soñar que amamos y somos amados.

Wendy Moira Angela Darling.

1 comentario:

Gabriel P. Re. dijo...

Tras esta lectura me voy a dormir con un unico anhelo, soñar...

...soñar que no es un sueño.