El teléfono sonaba con esa peculiar insistencia que suele tener el tono cuando las llamadas están molestando. Ese tono que se mete en nuestros oídos y parece llenarlo todo. No se oye nada más, sólo el dichoso teléfono sonar una y otra vez. Sus tonos parecen decirte “venga, muévete, descuelga”. Pero nadie descolgó.
Cualquier otro día, en cualquier otro momento, cualquiera de ellos habría corrido a responder a la llamada con tal de no seguir escuchando ese insistente sonido. Pero en ese momento, los dos ignoraron al pobre teléfono, que quedó relegado al olvido dejando en el aire el misterio de quién sería la persona que llamaba. A ellos, desde luego, no les importaba. Estaban demasiado pendientes el uno del otro, para preocuparse de nada más.
Eran dos personas más en un mundo enorme, pero se sentían especiales. Él, porque ella le hacía sentir comprendido y querido. Ella, porque él le hacía sentir protegida y cuidada. Estaban tumbados sobre la cama, ambos de lado, mirándose a los ojos. Con su mano él acariciaba el pelo de ella, mientras ella le regalaba una mirada cargada de cariño. Se besaban, con timidez, con dudas, con temor al rechazo, con cierta culpabilidad. Se besaban suavemente, con delicadeza, uniendo lentamente sus labios, abriendo levemente la boca, rozando dulcemente sus lenguas. Se besaban, esta vez con más seguridad, a sabiendas de la aceptación mutua, excitados por el sabor a especias que había en sus bocas. Las manos de ella se deslizaban desde el pelo de él hasta su cuello, y le acariciaba suavemente la piel mientras jugaba a entrelazar sus lenguas.
El teléfono vuelve a sonar, con la misma insistencia cansina que normalmente haría impacientarse a quienes lo escuchan. No a ellos, no en ese momento, no. Siguen ignorándolo, pobre teléfono olvidado. Por mucho que grite nadie le hace caso.
Él la desnuda despacio, recreándose en el ritual de descubrir lentamente su piel. Contempla su cuerpo joven, suave, delicado y ardiente. Un cuerpo que está esperando anhelante sus caricias. Ninguno se hace de rogar, y se cubren de besos y caricias. Ella baja desde el cuello de él hasta su abdomen. Él sube perfilando con sus manos las caderas de ella, su cintura, sus pechos. Ambos son más conscientes de su propio cuerpo, de su respiración, de la sangre que corre con fuerza por sus venas impulsada por un corazón que late tan deprisa como puede. Son plenamente conscientes del calor que desprende el cuerpo ajeno, y disfrutan del poder de la seducción mutua. Poco a poco, entre caricias y besos, se van desprendiendo de su consciencia y se dejan llevar por el más primario deseo.
El teléfono suena una vez más, pesado, cargante, agotador. Pero nadie le presta atención, es algo demasiado mundano para tener cabida en las mentes de aquellos que están entregados al placer que les produce ignorar al mundo y creerse solos en el universo. Una vez más, el teléfono queda relegado a un segundo lugar.
Ella le rodea la cintura con las piernas, y pega su cuerpo cuanto le permiten las leyes de la física. Su respiración entrecortada es para él el mayor afrodisíaco, y no puede resistirse más a la tentación de estar en su interior. Entra con delicadeza, no la quiere lastimar. Ella suplica más y más. Él la besa en el cuello mientras entra con más fuerza. Ella cree que podría tocar las estrellas si estirase los brazos cuando le siente dentro. Oleadas de calor recorren todo su cuerpo, tensando su piel en escalofríos de placer. Nada más importa, sólo ese cuerpo que te hace estremecer.
El teléfono suena una vez más, él sonríe al ignorarlo. Es su particular forma de hacerle un corte de mangas al mundo. Ella es más importante, mucho más. Sea lo que sea… Puede esperar.
Hacen el amor con un deseo largo tiempo contenido, con la madurez de la experiencia y con el ansia de quien vive el momento como si fuese a morir al día siguiente. Sólo son un hombre y una mujer, que ignoran al mundo entero. No hay más que pensar, no hay más que decir. Sólo queda sentir. Nada más importa en ese momento, aislados de toda su rutina, su vida, sus obligaciones, responsabilidades y tediosas preocupaciones. Ignorando toda esa realidad que se esconde tras el tono del teléfono. Los sueños tienen prioridad, y ahora están haciendo que uno de los suyos se haga realidad.
Dejar de lado la vida, para aprender a vivir.
Wendy Moira Angela Darling.
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