Las olas del mar acariciaban sus pies mientras caminaba por la orilla de su playa preferida. El frío de la noche, poco a poco, se disipaba para dejar paso al calor de un nuevo día. Sentía erizarse el vello de su cuerpo, reaccionando a la calidez de la luz que lentamente se derramaba sobre el horizonte. La luz de un nuevo amanecer. Los rayos de un sol que demostraba la inquebrantable idea de infinitud, le recordaron su propia idea de finitud. Su vida llegaba a su fin, tan deprisa como ese nuevo día daba comienzo. En ese instante, muchos bebés nacían. Muchas personas morían. Todo acaba, todo empieza. Sus blancos cabellos agitados por la brisa eran la prueba palpable de que era alguien que cargaba con un pasado a sus espaldas. Sabía que moría, su propio mundo se apagaba mientras la luz del sol nuevamente encendía las vidas de aquellos que no notarían su ausencia. Sólo un día más… Pero era su último día. Su último amanecer. Y le dedicó al mar una última sonrisa de gratitud por los momentos de paz compartidos. Dejó que sus pies jugueteasen con las olas, y con la tierra mojada que pisaba, dejando en el suelo sus últimas huellas. Lágrimas de felicidad recorrían su rostro, pensando en todos aquellos a los que había amado. Había sido feliz. Algunos se fueron, otros se quedarían atrás para añorarle y recordarle. Para darle esa suerte de vida que queda tras la muerte, la existencia que nos permiten los recuerdos de aquellos que nos quisieron. Caminó, con fuerzas sacadas de sus recuerdos de juventud, derrochando los instantes de vida que le quedaban. Gritándole al viento su libertad, sin dejar de sonreír. Un grito silencioso de eterna juventud. Esa que siempre llevó en su interior.
Caminó, ya el sol casi se veía completo. Caminó, el mar le acunaba en su murmullo incesante de tranquilidad. Caminó, con la elegancia de un guerrero que libra su última batalla. Caminó, sin miedo, se dirigía a su final. Estaba preparado. Había vivido bajo el sol, sin nada que ocultar en las sombras. Y ahora moría junto al sol, compartiendo su calor. Y su último aliento se mezcló con la brisa, llevándolo a los corazones de aquellos que se quedarían. Murió… Pero cuando lo hizo, sonreía.
Wendy Moira Ángela Darling.
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